viernes, 30 de marzo de 2012 | | 0 comentarios

DOMINGO DE RAMOS

1 DE ABRIL

viernes, 23 de marzo de 2012 | | 0 comentarios

Vº DOMINGO DE CUARESMA

Vº DOMINGO DE CUARESMA

viernes, 16 de marzo de 2012 | | 0 comentarios


LA  CEGUERA  DEL HOMBRE

            La religión cristiana ocupó desde muy antiguo un lugar central en la historia de Occidente. En España, el apóstol Santiago, según la tradición, llega en el año 33 d.C. para cristianizarla. El emperador Constantino por medio del Edicto de Milán en 313, autoriza el culto cristiano. El mismo emperador, doce años más tarde, en el año 325, convoca el Concilio de Nicea en el que el paganismo oficial romano es sustituido por el cristianismo. En Europa, a los países eslavos, Yugoeslavia, Checoslovaquia, Bulgaria Serbia, Croacia, etc. llegaron a finales del s. IX los hermanos San Cirilo, monje, y San Metodio, Obispo, oriundos de Salónica, en Grecia, que dominaban la lengua eslava, para afianzar un cristianismo aún incipiente. San Cirilo tradujo del latín a la lengua eslava los cuatro Evangelios y demás libros de culto. Bajo la dirección de San Metodio fueron traducidos también a la lengua eslava los libros del Viejo y del Nuevo Testamento.
            Dios estuvo siempre presente en nuestra sociedad. Esa es sucintamente nuestra historia. y no aceptarla o lo que es peor, negarla, es sencillamente negar lo evidente. Podrá a algunos gustar más o menos, pero es la que es. Y todo aquello que es evidente no admite discusión alguna.
            A raíz de la separación que se dio en Francia entre la Iglesia y el Estado a finales del siglo XIX, la sociedad ha ido experimentando paulatinamente pero sin tregua, una secularización constante que ha llevado al laicismo, queriendo hacer civil lo que era eclesiástico. Sin ir más lejos, hemos visto como en España algunos sacramentos de la Iglesia se han convertido en ceremonias civiles, dejando de un lado su aspecto sagrado y transformándolo en profano.
          Los que defienden el laicismo se amparan en la falsa idea del progreso. No entienden, o mejor, no quieren entender, que el hombre es más persona y se realiza mucho mejor como tal, en la medida que se siente miembro de una familia numerosísima, la de los hijos de Dios, la de aquellos que tienen un mismo Padre.

             Querer apartar a Dios del hombre y de la sociedad lleva, quiérase que no, a la destrucción y desaparición de los pueblos. Y esta idea que algunos achacan a una mente anclada en el pasado, poco objetiva y algo interesada, no lo es, es una falacia. Este pensamiento y afirmación se basa en hechos acaecidos hace muchísimos años y relatados en la Escritura, que han sido contrastados por métodos científicos, históricos, y arqueológicos. Me refiero al incendio y destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, relatados en la Biblia (Gn 19,24-25)

            Aquellas gentes no temían al Señor. Desconocían que "del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes; Él la fundó sobre los mares, Él la afianzo sobre los ríos" (Sal 24,1-2) Todo, absolutamente todo cuanto existe es del Señor. El hombre sólo es un simple administrador. En otro lugar de la Escritura se dice: "Sabed que el Señor es Dios, que Él nos hizo y somos suyos" (Sal 99,3)

            Entonces como ahora se cuestiona por algunos la existencia de Dios. A algunos hombres que nacen orgullosos y muere de la misma manera, como sucede con todo mortal, les cuesta admitir no solamente la idea sino la existencia de un Ser superior. Alegan que su razón no se lo permite, pues al Dios de los cristianos nadie lo ha visto jamás.

            Y aunque la razón no está reñida con la fe, pues por ella puede el hombre llegar perfectamente al conocimiento de Dios, como en repetidas ocasiones han afirmado los Papas, no es el único camino que nos conduce a ello.

            Basta contemplar la naturaleza para encontrar a Dios o si se quiere, a un Ser superior, creador de todo ello. Y los que proclaman y defienden el laicismo deben de tener los ojos tapados, impidiéndoles por ello descubrir a Dios. Es necesario que tanto ellos como nosotros, los que creemos, nos quitemos muchas veces la venda de los ojos. para que al contemplar el bello cuadro de la naturaleza caigamos en la cuenta que Dios es la Verdad, la Bondad, la Belleza, la Sabiduría el Amor; el Ser que es por Sí mismo, sin comienzo ni término, creador de todo cuanto existe.

            Llegar a ello es realmente un don de Dios. Y más todavía si esa contemplación nos llena el corazón de agradecimiento a su Creador.

            Así y todo, los que así lo aprecian, piensan en muchas ocasiones, que "están mis ojos cansados de tanto ver luz sin ver; por la oscuridad del mundo voy como un ciego que ve" (Himno de Laudes martes 2 T.O.)

            A propósito de la naturaleza, personas de diferente condición han dejado escrito: "La naturaleza es la mejor maestra de la verdad" (San Ambrosio) "Hay un libro abierto siempre para todo los ojos: la naturaleza" (Jean-Jacques Rousseau) "Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla, mientras que el género humano no escucha" (Víctor Hugo)

            En uno de los sermones de San Gregorio Naciaceno encontramos el siguiente texto: "¿De quién procede el don de que puedas contemplar la belleza del cielo, el curso del sol, la órbita de la luna, la muchedumbre de los astros y la armonía y el orden que resuenan en todas estas cosas, como en una lira?. ¿Quién te ha dado la lluvia, la agricultura, los alimentos, las artes, las casas, las leyes, la sociedad, así como la amistad y familiaridad con aquellos con quienes te une un verdadero parentesco?. ¿Quién te ha constituido dueño y señor  de todas las cosas que hay en la tierra?. ¿Acaso no ha sido Dios?

            Una mente sincera y un corazón agradecido es lo que se necesita para reconocerlo.

            Y ese reconocimiento no es propio de otros tiempos, de otras latitudes o de otras circunstancias. Ha sido siempre así. El hombre está hecho para Dios y no descansará hasta llegar a Él. Dios es nuestro verdadero descanso. Por eso, Dios llama a los hombres y se hace el encontradizo con ellos de distintas maneras, y una de ellas puede ser la mera contemplación de la naturaleza. Necesitamos tener los ojos bien abiertos.

            Fco. Javier Burguera Sarró    

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Cuaresma: Tiempo de orar


CUARESMA; TIEMPO DE ORAR

            Si siempre y en todo lugar "tenemos que levantar la mirada a lo alto de donde nos viene el auxilio" (Sal 121,1) más si cabe en este tiempo de gracia que es la Cuaresma. La Iglesia nos invita a prepararnos para la Pascua del Señor.
            En medio de la vorágine que nos invade, nos es urgente hacer un alto en el camino, pararnos a reflexionar e intentar como dice Benedicto XVI un cambio interior que nos conduzca al arrepentimiento.
            Nos apremia escuchar y seguir a Jesús que nos dice "pedid y recibiréis" (Jn 16,24)
            Para ello es llegada la hora de reconocernos poca cosa, limitados, pequeños, muchas veces desilusionados, faltos de confianza y esperanza, pecadores. Porque son muchísimas las veces que hacemos lo que no queremos hacer y dejamos de hacer lo que queríamos llevar a cabo.
            Con la actitud del publicano del Evangelio, sin tan siquiera atreverse a levantar la mirada, abandonémonos como un niño pequeño en los brazos de nuestro Padre del cielo, y pidámosle en primer lugar perdón por tantas infidelidades.
            Muchas veces por ni tan siquiera reconocer nuestros pecados, tanto ha sido nuestro orgullo y nuestra soberbia.
            Por desoír tantas veces tu voz. Por habernos hecho los sordos. También los ciegos. Por haber pasado de Ti. Por no haberte querido o sabido reconocerte en aquellos que tú mismo has puesto en nuestro camino, haciéndote el encontradizo; los pobres, los indefensos, los sencillos, los desheredados y marginados. A aquellos que no les hemos tendido la mano.
            Por creernos mejores que los demás. Por colocarnos un escalón o varios por encima de ellos. Incluso por haber denigrado a algunos. Por entrar en juicio y murmuración con tanta gente Por no tener como Tú las tienes, entrañas de misericordia, y aplicar una vara de medir distinta de la que Tú aplicas.
            Por no intentar siquiera escuchar y comprender a los demás. Por rechazar de antemano a los que no piensan como nosotros. Por tratarlos muchas veces con desdén, sino es con odio y rencor.
            Por no perdonar como Tú nos perdonas.
            Po no haber confiado siempre en Tí. Por tantas y tantas veces que hemos dudado de tu amor desinteresado y sin límites.
            Por no haber dado la cara por tí. Por nuestros miedos, por el que dirán, por las escusas que nos hemos inventado. Por tantas veces haberte negado.
            Por nuestras faltas de sinceridad contigo. Por no haberte considerado como un Padre.
            Por nuestra falta de amor. Por tenerlo muy pequeño o no tenerlo. Por habernos aferrado a la ley y no al amor, cuando la ley mata y el espíritu vivifica.
            Por habernos escandalizado de la cruz. Por haberla rechazado. Por no haber visto en ella un signo de vida y no de muerte.
            Por todas estas faltas y otras muchas más, te pedimos:
            Que nos des el don de reconocernos profundamente pecadores y podamos considerar a los otros como superiores a nosotros.
            Que nos aumentes nuestra poca fe. Que nos asientes en la esperanza.
            Que arranques de cuajo nuestro corazón soberbio y nos lo cambies por un corazón sincero, capaz de amar incluso a nuestros enemigos
            Que sepamos apreciar toda la belleza que encierra la creación y podamos ver en ella tu mano poderosa y tu amor por la humanidad.
            Que no te arrepientas nunca de haber dado al hombre las llaves de la tierra y de todo cuanto encierra. Que los descubrimientos de toda índole sirvan al hombre y no sea el hombre quien sirviéndose de ellos, los emplee para destruir y matar.
            Quisiéramos tener un corazón agradecido que brotase de él la bendición y la alabanza a Tí que eres el Bien Supremo, Fuente de todo bien. Por eso:
            Te damos gracias porque nos perdonas constantemente, tantas veces como te somos infieles. Nunca te cansas de perdonarnos. ni tampoco de nosotros.
            Gracias porque nos amas a pesar de no merecerlo. Porque cuidas de nosotros. Porque aunque nos reprendes como un Padre bueno, es para nuestro bien. Porque tu amor no tiene fin.
            Nos despedimos de Tí con unos versos de Miguel de Unamuno:
            "Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar. La hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puertas, achícame por piedad; vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar".

            Fco. Javier Burguera Sarró

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DOMINGO 4º DE CUARESMA

jueves, 8 de marzo de 2012 | | 0 comentarios

DOMINGO 11 DE MARZO

miércoles, 29 de febrero de 2012 | | 0 comentarios

REFLEXIÓN

LA  TRAGEDIA  DEL  HOMBRE



Nunca como en estos tiempos, el hombre ha alcanzado tanto saber y conocimiento del mundo que le rodea. En los últimos cincuenta años, los descubrimientos y avances en todos y cada uno de los campos de la ciencia han sido espectaculares.

El nivel de vida ha crecido de una manera exponencial, por lo menos en los países del primer mundo, en el nuestro; las comodidades han sido cada vez mayores; el trabajo se ha ido haciendo menos pesado, pues la maquinaria ha sustituido las manos y los brazos de los hombres; en fin, unos adelantos sin precedente.

Y sin embargo, el hombre, el de clase alta como el de media o baja, el intelectual o el que casi ni leer sabe, el docto como el ignorante, el de estudios universitarios como el que solamente ha ido a la Escuela Primaria, todos en general, con alguna que otra excepción, no se encuentran con que la vida les sonría, no se consideran felices completamente, pues siempre tienen un pero al que recurrir. Las estadísticas últimas referentes al grado de felicidad personal así lo atestiguan. No hay diferencias sensibles entre uno y otro género.

Ante ésta realidad se pueden tener dos posturas. Aquellos que se resignan y no tienen en cuenta que “mal de muchos consuelo de…” o el de los otros que se preocupan por llegar a saber las causas y los motivos que llevan a esta situación.

El hombre es un animal mimético, hace lo que ve hacer a los otros, y como el tiempo es corto siempre y mucho más ahora que todo el mundo corre y tiene prisa, no lo encuentra para esta cuestión, a la que muchos señalan como baladí. No le otorgan la importancia que el tema requiere, o quizás la inercia con la que viven no les permite ni tan siquiera planteárselo. Hay un refrán valenciano que retrata de manera muy expresiva esta forma de vivir, “com el burro de Victòria, sense pena ni glória”. Se han amoldado a vivir así. Piensan que todo el mundo vive igual, con los mismos problemas sin resolver, con los mismos interrogantes sin contestar, con los mismos o parecidos sufrimientos, poniendo como único dios de su vida al dinero, centrando todas sus expectativas y esperanzas en alcanzar algún día el estatus de rico. Para estos el poder y el dinero es lo que importa. Todo lo demás no tiene sentido ni interesa.

Centran todo su quehacer, su trabajo y sus fatigas en llegar a ser un día autosuficientes. En no necesitar de nada ni de nadie. En bastarse ellos solos.

No conciben o les cuesta mucho entender que haya otras personas que viviendo de otra manera, no centrando sus afanes en tener y poseer, sino mas bien en ser, son felices. Y ello, a pesar de tener los mismos problemas y pasar por las mismas vicisitudes que los demás. Ocurre que estas han encontrado el fundamento sólido en que sustentan su vida. No temen que las variantes circunstancias que pueden afectar a su existencia desmoronen y resquebrajen éste sólido cimiento. Tan sólido es que nada temen. Nada, absolutamente nada, les puede afectar negativamente. Esa es precisamente la esperanza con que sustentan su existencia.

La diferencia esencial entre ambas formas de entender la vida es que mientras unos consideran que todo lo pueden, que todo es alcanzable con las solas fuerzas, que la suerte es un factor determinante, que el destino lo tienen escrito y nada lo puede cambiar, los otros se consideran a sí mismos como limitados, poca cosa, impotentes en ciertos aspectos, insignificantes, pobres de espíritu, no por falta de dinero; necesitados e incompletos. Unos dan de lo que les sobra y otros dan de lo que necesitan. Unos se privan de muchas cosas los otros no. Unos creen en la suerte y otros en la Providencia. Unos ven su destino inexorable y los otros la mano de Dios.

Y lo llamativo es que estos últimos se consideran felices y los primeros no. A estos siempre les falta algo. Los otros tienen de todo y hasta les sobra. Y cuando algo les falta o escasea no les quita el sueño. Saben vivir en precariedad, y no por ello desean tener más. Se abastecen de otras exquisiteces que no todos saben valorar.

La tragedia del hombre es considerarse que todo lo puede y nada necesita. No concibe que haya Alguien que es su guardián y vigila todas sus acciones. No quiere levantar los ojos al cielo de donde le viene el auxilio. (Sal 121)

Cree que es capaz de amar incondicionalmente, y no medita que “hoy que sé que mi vida es un desierto, en el que nunca nacerá una flor, vengo a pedirte, Cristo jardinero, por el desierto de mi corazón” (Himno de Laudes T.O. Lunes 2ª sem)

El cimiento sólido al que antes me he referido es Cristo. Él es “la piedra angular”  Por eso, San Ambrosio dejará escrito en sus comentarios sobre los Salmos: “Si hablamos de sabiduría, Él es la sabiduría; si de virtud, Él es la virtud; si de justicia, Él es la justicia; si de paz, Él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, Él es todo esto”

No queramos nosotros suplantarle.

“Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte de haberle dado un día las llaves de la tierra” (Himno de Laudes. T.O. Jueves 2ª sem).

Necesitamos recordar todos, absolutamente todos, unos y otros, aquella frase de la Escritura: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Si 1,18)

Fco. Javier Burguera Sarró