Domingo 31º A: “El primero entre vosotros
será vuestro servidor”
En los domingos anteriores, el evangelio
mostraba controversias directas entre Jesús y la clase dirigente de Israel. Hoy,
el evangelio ya no es una diatriba sino que es un cúmulo de advertencias
dirigidas a todos sus discípulos, pero de forma particular también a los que
son responsables de comunidades, y que tratan de marcar diferencias entre los
seguidores de Jesús (comunidades
compuestas por judíos conversos) y los que seguían siendo o manteniendo la fe
judía tradicional. Las diatribas utilizan el género de opuestos marcando y
universalizando defectos o virtudes.
Esto no quiere decir que todos fueran “blancos” o “negros” sino que es
un recurso literario para dejar claras algunas cosas.
Parece ser que “desde siempre” aquellos que
reciben la misión de ser servidores de “La Palabra” tienden a utilizar la Palabra
en su servicio propio y hacerla “su palabra” desde la que manipulan a la gente,
la oprimen. Los Profetas han tenido la misión de desenmascarar a estos
personajes y estas situaciones. Malaquías ( 1, 14 – 2,10) dirige su apelación a
los sacerdotes que habían vaciado el culto de sentido, porque con sus hechos de
vida traicionaban los dichos proclamados en la alabanza a Dios. La bendición dirigida
a Dios era hueca e insincera. Por eso en realidad la bendición a Dios, que
debía traer bendición a todo el pueblo, se convertía en maldición porque las
relaciones sociales se establecían desde la desigualdad y la opresión de unos
sobre otros. La maldición no era de Dios, sino que la maldición (el no
cumplimiento de las promesas) tenía por causa el comportamiento infiel del
hombre.
En tiempos de Jesús, también se da esta misma
realidad. Los responsables religiosos del pueblo, no hacen lo que dicen. Dicen
bien, porque dicen “Palabra de Dios”, pero no hacen. Llevan una vida
incoherente; es más se aprovechan de la Palabra para ejercer autoridad y coaccionar
a la gente, poniéndoles “cargas” insoportables. Además, ante la gente pasan por “cumplidores” haciéndose notar,
sonando trompetas cuando dan limosna o poniéndose filacterias para que se vea
que son conocedores de la ley y respetuosos con ella. Pura fachada. Sepulcros
blanqueados. Les encantan los primeros puestos y las reverencias.
Los “cuidadores” del pueblo, para Jesús, se
han convertido en “lobos”. Son la antítesis del “deber ser”. Por eso saca
consecuencias para todos sus seguidores. Les dice: “Vosotros, en cambio… No os
dejéis llamar ni maestro, ni padre, ni jefe”. Una proclamación radical de igualdad
entre sus seguidores. Todos aglutinados sobre un mismo eje o pivote que es el
“Padre” Dios (el único Padre) y sobre un único Mesías (El Cristo). Padre e Hijo
que no se distinguen precisamente por buscar “provecho” ajeno; sino que se han
mostrado el primero como base y fundamento de todas las cosas, y por lo tanto
engendrador y dador de vida entregándose todo Él en el Hijo; y el segundo, el
Hijo, entregando su vida en rescate de muchos. Han sido los primeros en la
entrega y en el servicio. Por eso en la boca de Jesús resulta veraz lo de “El
primero entre vosotros será vuestro servidor”. Ser primeros en el servicio será
la “marca” de los seguidores de Jesús. No “sacar provecho” sino perder o dar la
vida por los demás.
Casualmente hoy, la segunda lectura de Pablo
a los Tesalonicenses (2, 7-13), nos pone el ejemplo del mismo Pablo como buen
pastor o buen responsable de comunidades cristianas. Es casi un “calco” de lo
referido en el evangelio plasmado en la vida de un discípulo. Un Apóstol que
entrega el Evangelio entregando su propia vida por amor al evangelio, a
Jesucristo y a cada uno de los miembros de aquella comunidad naciente. San
Pablo entrega la Palabra de Dios, que por ser de “Dios” y no de Pablo,
permanece operante y transformante en los corazones de aquellos que la acogen.
Los cristianos llevamos ya 2.000 años de
historia. A lo largo de estos años nuestras comunidades, nuestra iglesia no se
ha parecido siempre a lo indicado por Jesús y vivido por Pablo.
Institucionalmente se ha caído en los mismos pecados e incoherencias indicadas
arriba. Los cargos muchas veces han servido para medrar las personas a costa de
las que estaban a su cargo. Los “títulos” de padre, maestro o jefe, han
merodeado y merodean en nuestra nomenclatura habitual, y también las reverencias,
las vestiduras y las insignias. Entre algunos de nosotros se da el carrerismo y
la búsqueda de los primeros puestos. Estas cosas tienden a eclipsar muchas
realidades buenas que se dan en la iglesia y sobre todo tiende a crear
“maldición” o realidad eclesial y social no evangélica ni evangelizadora. Es
necesario, a nivel de Iglesia, insistir en una eclesiología de comunión donde
realmente los últimos sean los primeros, donde los que quieran ser primeros,
deberán serlo desde el servicio, desde la entrega, desde la cruz, a imagen y
semejanza del que es nuestro único Maestro y Señor. JESUCRISTO.
Gonzalo Arnáiz Alvarez, scj
0 comentarios:
Publicar un comentario