domingo, 12 de septiembre de 2010 | | 0 comentarios

FRASES DE
PRESENTACIONES 2























FRASES DE PRESENTACIONES 2
Por Eduardo Perales


A pesar de todo

Sonrío,
aunque la vida me golpee,
aunque no todos los amaneceres sean hermosos,
aunque se me cierren las puertas.

Sueño,
porque soñar no cuesta nada y alivia mi pensamiento,
porque quizás mi sueño pueda cumplirse,
porque soñar me hace feliz.

Lloro,
porque llorar purifica mi alma y alivia mi corazón,
porque mi angustia decrece aunque sólo sea un poco,
porque cada lágrima es un propósito de mejorar mi existencia.

Amo
porque amar es vivir,
porque, si amo, recibiré amor,
porque prefiero amar y sufrir, que sufrir por no haber amado.

Comparto
porque al compartir crezco,
porque mis penas compartidas disminuyen,
porque mis alegrías se duplican.
¡Sonrío, sueño, lloro, comparto, vivo!

Gracias a Dios.
Cada día doy gracias a Dios porque puedo hacer estas cosas.
Doy gracias a Dios porque me da la oportunidad de vivir un día más.





La amistad

Para conservar un amigo tres cosas son necesarias: honrarlo cuando esté presente, valorarlo cuando esté ausente y asistirlo cuando lo necesite.
Gran parte de la vitalidad de una amistad reside en el respeto de las diferencias, no sólo en el disfrute de las semejanzas.
Tómate tiempo para escoger un amigo; pero sé más lento aún en cambiarlo.
La amistad es un alma que habita en dos cuerpos y un corazón que habita en dos almas.
La verdadera amistad es la que sigue a tu lado incluso cuando no te queda nada por ofrecer, salvo tu presencia.
A veces una separación prolongada, a la vez que amortigua los rencores, despierta la amistad.
La amistad es como un lucero que siempre está dando luz al cielo.
No busques amigos sin defectos, pues te quedarás sin amigos toda la vida. Tampoco busques defectos en tus amigos, pues poco a poco te quedarás solo.
A las personas les interesa nuestro destino exterior; el interior, sólo a nuestro amigo.
Si quieres hallar en cualquier parte amistad, dulzura y poesía, llévalas contigo.
Es una regla en la amistad que, cuando la desconfianza entra por la puerta, el afecto sale por la ventana.
¡Qué raro y maravilloso es ese fugaz instante en el que nos damos cuenta de que hemos descubierto un amigo!
Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos. Martín Luther King
Dios no ha creado fronteras. Mi objetivo es la amistad con el mundo entero. Mahatma Ghandi


Actitud (Bailando bajo la lluvia)

Una mujer muy sabia se despertó una mañana, se miró al espejo y notó que tenía solamente tres cabellos en su cabeza. “Hmmm -pensó-, creo que hoy me voy a hacer una trenza”. Así lo hizo, y pasó un día maravilloso.
Al día siguiente se despertó, se miró al espejo y vio que tenía solamente dos cabellos en su cabeza. “Hmmm –dijo-, creo que hoy me peinaré haciendo la raya en medio”. Así lo hizo, y pasó un día grandioso.
Al siguiente día, cuando despertó, se miró al espejo y notó que solamente le quedaba un cabello en su cabeza. “Bueno –dijo ella-, ahora me voy a hacer una cola de caballo”. Así lo hizo, y tuvo un día muy divertido.
A la mañana siguiente, cuando despertó, corrió al espejo y notó enseguida que no le quedaba un solo cabello en la cabeza. “¡Qué bien! -exclamó-, hoy no voy a tener que peinarme”.
Tu actitud es todo. La vida no es esperar a que la tormenta pase, es aprender a bailar bajo la lluvia.
Triunfador - Perdedor

Un triunfador es parte de la solución.
Un perdedor es parte del problema.
Un triunfador dice: “Debe haber una forma mejor de hacerlo.”
Un perdedor dice: “Esta es la forma en que siempre lo hemos hecho. No hay otra.”
Cuando un triunfador comete un error, dice: “Me equivoqué”, y aprende la lección.
Cuando un perdedor comete un error, dice: “No fue culpa mía”, y responsabiliza a otros.
Un triunfador sabe que la adversidad es el mejor de los maestros.
Un perdedor se siente víctima en las adversidades.
Un triunfador sabe que el resultado de las cosas depende de sí mismo.
Un perdedor cree que existe la mala suerte.
Un triunfador enfrenta los desafíos uno a uno.
Un perdedor rodea los desafíos y no se atreve a intentar.
Un triunfador se compromete, da su palabra y la cumple.
Un perdedor hace promesas, no se pone manos a la obra y, cuando falla, se justifica.
Un triunfador dice: “Soy bueno, pero puedo mejorar.”
Un perdedor dice: “No soy tan malo como otros.”
Un triunfador sabe escuchar, comprende y responde.
Un perdedor interrumpe y no espera que llegue su momento de hablar.
Un triunfador reconoce que otros saben más y se preocupa de aprender algo de ellos.
Un perdedor resiste a los que saben más y sólo se fija en sus defectos.
Un triunfador consigue ver el bosque en su totalidad.
Un perdedor se fija sólo en el árbol que le toca plantar.
Un triunfador se siente responsable de algo más que su trabajo.
Un perdedor no se compromete, y dice; “Hago mi trabajo y ya es bastante”.
Un triunfador trabaja mucho y dedica tiempo a sí mismo.
Un perdedor está siempre “muy ocupado” o “muy cansado”, y no tiene tiempo para los demás.


Fábula del tonto

Se cuenta que, en una ciudad, un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y de limosnas. Algunos hombres lo llevaban todos los días al bar, lugar donde se reunían, y le ofrecían que escogiera entre dos monedas: una de tamaño grande, de 400 reales, y otra mucho más pequeña de tamaño, pero con un valor de 2.000 reales. El tonto siempre tomaba la moneda de mayor tamaño y de menos valor, lo que era motivo de risa para toda la concurrencia.
Un día, alguien observaba el grupo divirtiéndose con el inocente hombre. Pasados unos minutos, lo llamó aparte y le preguntó: “¿No has percibido que la moneda de mayor tamaño vale menos?” Y el tonto le respondió: “Ya sé; no soy tan tonto. La moneda mayor vale cinco veces menos; pero el día que escoja la otra, se acabó el juego y ya no ganaré mi moneda.”
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste; pero de ella se pueden sacar varias conclusiones:
- Primera: quien parece tonto no siempre lo es;
- Segunda: ¿quiénes eran los verdaderos tontos de esta historia?
- Tercera: una ambición desmedida puede acabar cortando la fuente de ingresos.
Pero la conclusión más interesante es que podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan buena opinión de nosotros. Por lo tanto,
lo que importa no es lo que piensan de nosotros,
sino lo que uno piensa de sí mismo.
El verdadero inteligente es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que pretende ser inteligente.


Ser feliz

En cierta ocasión, durante una elegante recepción de bienvenida al nuevo Director de Marketing de una importante compañía londinense, algunas de las esposas de los otros directores, que querían conocer a la esposa del festejado, le preguntaron con cierto morbo: “¿Te hace feliz tu esposo; te hace verdaderamente feliz?”
El esposo, que en ese momento no estaba a su lado, pero sí lo suficientemente cerca como para oír la pregunta, prestó atención a la conversación, pensando que su esposa respondería con un sí, ya que ella jamás se había quejado. Sin embargo, para sorpresa suya, la esposa respondió con un rotundo: “No, no me hace feliz.”
En la sala se hizo un silencio incómodo, como si todos los presentes hubieran escuchado la respuesta de la mujer. El marido estaba petrificado. No podía dar crédito a lo que decía su esposa, y menos en un momento tan importante para él. Ante el asombro del marido y de todos, ella se acomodó sobre su cabeza su elegante chalina de seda negra, y continuó:
“No, él no me hace feliz. Yo soy feliz. El hecho de que sea feliz o no, no depende de él sino de mí. Yo soy la única persona de quien depende mi felicidad. Yo determino ser feliz en cada situación y en cada momento de mi vida; si mi felicidad dependiera de otra persona, de una cosa o circunstancia sobre la faz de la tierra, tendría serios problemas. Todo lo que existe en esta tierra cambia continuamente: el ser humano, las riquezas, mi cuerpo, el clima, los placeres, etc. Y así podría decir una lista interminable…
“A través de toda mi vida, he aprendido que yo decido ser feliz. Lo demás son ‘experiencias o circunstancias’, como ayudar, comprender, aceptar, escuchar, consolar; y, junto a mi esposo, lo he vivido y practicado tantas veces…
“La felicidad siempre se apoyará en el verdadero perdón y en el amor a sí mismo y a los demás. No es responsabilidad de mi esposo hacerme feliz. Él también tiene sus experiencias o circunstancias: yo lo amo y él me ama, a pesar de sus circunstancias y las mías. El amor verdadero es difícil: es dar amor, perdonar incondicionalmente, vivir, tomar las ‘experiencias o circunstancias’ como son, enfrentarlas juntos y ser felices por convencimiento.
“Hay gente que dice: ‘No puedo ser feliz porque estoy enfermo, porque no tengo dinero, porque hace mucho calor, porque me insultaron, porque alguien ha dejado de amarme, porque alguien no me valoró’. Pero lo que no sabes es que puedes ser feliz aunque estés enfermo, aunque haga calor, tengas o no dinero, aunque alguien te haya insultado, o alguien no te haya amado o no te haya valorado.
“Ser feliz es una actitud ante la vida.
Cada uno decide. Ser feliz depende de ti”.


Pensamientos

- El futuro pertenece a los que creen en la belleza de sus sueños.
- Disfruta la vida. Esto no es un ensayo.
- Piensa bien de ti, porque el mundo te valora según tu criterio.
- No temas la presión, es lo que transforma las piedras en diamantes.
- Vive en el presente y haz de él un tesoro.
- Repara el pasado, vive el presente, sueña que todo es posible.
- Miro el presente, porque es donde pasaré el resto de mi vida.
- Cree que tu vida vale la pena ser vivida, y esa fe hará que lo sea.
- Allá donde vayas llévate contigo todo tu corazón.
- El mundo es un espejo: si le sonríes, te sonreirá.
- Si amas la vida, la vida te amará a ti.
- No cuentes los días; haz que los días cuenten.
- El secreto de la dicha es tener sueños; el secreto de una vida plena es hacer realidad los sueños.
- La felicidad no es tener lo que quieres, sino querer lo que tienes.
- La vida sería una buena experiencia si naciéramos con ochenta años y lentamente nos acercáramos a los veintiuno.
- Los buenos momentos se convierten en buenos recuerdos; los malos momentos, en buenas lecciones.
- No es sólo el paisaje lo que te pierdes cuando vas demasiado rápido.
- El éxito es conseguir lo que se quiere; la felicidad, querer lo que se consigue.
- La gente está sola porque construye muros en lugar de puentes.


Frases chocantes

- Todo tiempo pasado fue anterior.
- Tener la conciencia limpia es síntoma de mala memoria.
- Pez que lucha contra la corriente muere electrocutado.
- Los honestos son inadaptados sociales.
- El que nace pobre y feo tiene grandes posibilidades de que, al crecer, se le desarrollen ambas condiciones.
- Si la montaña viene hacia ti, corre. Es un derrumbamiento.
- Lo importante no es ganar, sino hacer perder al otro.
- No soy un completo inútil; al menos sirvo de mal ejemplo.
- Si no eres parte de la solución, eres parte del problema.
- Una mujer me arrastró a la bebida y nunca tuve la cortesía de darle las gracias.
- Errar es humano; pero echarle la culpa a otro es más humano todavía.
- Lo importante no es saber sino tener el teléfono del que sabe.
- Yo no sufro de locura, la disfruto a cada minuto.
- Es bueno dejar el trago; lo malo es no acordarse dónde.
- La inteligencia me persigue; pero yo soy más rápido.
- La verdad absoluta no existe, y esto es absolutamente cierto.
- Hay un mundo mejor; pero es carísimo.
- La mujer que no tiene suerte con los hombres no sabe la suerte que tiene.
- La pereza es la madre de todos los vicios y, como madre, hay que respetarla.
- Si un pajarito te dice algo, debes estar loco, pues los pájaros no hablan.
- No te tomes la vida en serio; al fin y al cabo no saldrás vivo de ella.
- Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados.
- Lo triste no es ir al cementerio sino quedarse.
- Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas: “Tire” y “Empuje”.
- ¿Para qué beber y conducir, si puedes fumar y volar?
- De cada diez personas que miran la televisión, cinco son la mitad.


Oración de Mahatma Gandhi

Señor, ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes,
y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón;
si me das éxito, no me quites la humildad;
si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla,
no dejes que inculpe a los demás de traición
por no pensar como yo.
Enséñame a querer a la gente como a mí mismo.
Si triunfo, no me dejes caer en el orgullo;
ni en la desesperación, si fracaso.
Más bien, recuérdame que el fracaso es
la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es señal de grandeza,
y que vengarse lo es de bajeza.
Si me privas del éxito, dame fuerzas para aprender del fracaso.
Si ofendo a la gente, dame valor para disculparme,
y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
Señor, si yo me olvido de ti, tú nunca te olvides de mí.




Gracias a la Vida

- Hoy tengo ganas de decir “Gracias a la Vida”.
- Gracias por todo lo que ella me da en abundancia: salud, felicidad, prosperidad.
- Gracias por las duras lecciones, que me han ayudado a conocerme mejor y a conocer mejor a los otros.
- Gracias por los fracasos vividos, que me enseñaron la humildad, el no sentarme sobre mis laureles, y la necesidad de comprender el fracaso de los demás y ofrecerles la ayuda que necesitan.
- Gracias por las ocasiones que se me presentaron de practicar la paciencia, la tolerancia y la esperanza.
- Gracias por haberme hecho ver la realidad y la verdad.
- Gracias por las oportunidades que aproveché, las desgracias que evité, las soluciones que encontré, los talentos que cultivé, las victorias que conseguí, los maravillosos días que viví.
- Gracias por mis padres, los amigos que encontré, los profesores que me enseñaron, los libros que he leído, los viajes que he realizado, las comidas que me han deleitado.
- Gracias por los paisajes que he admirado, el sol que me ha calentado, las flores que he contemplado, el aire que he respirado.
- Gracias por ser cada día más consciente de que Dios vela por mí, a pesar de mis errores; me protege, a pesar de mis debilidades; me ama, a pesar de mis defectos; y me da soluciones, a pesar de mis obstinaciones.

“El Señor se cuida de mí” (Sal 39,18). ”El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22,1)
“El Señor está conmigo, no temo” (Sal 117,6) “Te daré gracias entre las naciones, Señor” (Sal 17,50)
- Gracias por la alegría de constatar que estoy vivo.
- Las pequeñas cosas de todos los días hacen espectacular nuestra vida.


Así es la realidad de la vida

Dios creó al burro y dijo: “Serás burro, trabajarás incansablemente de sol a sol, cargando bolsas en el lomo; comerás pasto, no tendrás inteligencia. Vivirás 40 años. Serás burro.” El burro contestó: “Seré burro; pero vivir 40 años es demasiado. Dame sólo 20 años”. Dios se lo concedió.
Dios creó el perro y dijo: “Cuidarás las cosas de los hombres y serás su mejor amigo; comerás los huesos que te den. Vivirás 25 años. Serás perro”. El perro contestó: “Señor, vivir 25 años es demasiado. Dame sólo 15 años”. Dios se lo concedió.
Dios creó al mono y dijo: “Serás mono, saltarás de rama en rama, haciendo payasadas, serás divertido y vivirás 20 años. Serás mono”. El mono contestó: “Señor, vivir 20 años es demasiado. Dame solamente 10 años”. Dios se lo concedió.
Finalmente Dios creó al hombre y dijo: “Serás hombre, el único ser racional sobre la faz de la tierra; usarás la inteligencia para sobreponerte a los animales. Dominarás el mundo y vivirás 30 años”. El hombre respondió: “Señor, seré el hombre; pero vivir 30 años es muy poco. Dame los 20 que el burro rechazó, los 10 que el perro no quiso y los 10 del mono”. Así lo hizo Dios.
Y desde entonces, el hombre vive 30 años como hombre. Se casa y pasa 20 años como burro, trabajando y cargando todo el peso al hombro. Después se jubila y vive 10 años como perro, cuidando la casa. Para luego llegar a viejo y vivir 10 años como mono, saltando de casa en casa o de hijo en hijo, haciendo payasadas para divertir a los nietos.


Mira en tu jardín

Mira en tu jardín las rosas entreabiertas
y nunca los pétalos caídos…
Observa en tu camino la distancia recorrida
y nunca lo que falta todavía…
Guarda de tu mirar los brillos de alegría
y nunca las nieblas de tristezas…
Retén de tu voz las carcajadas y las canciones
y nunca los gemidos dolorosos…
Conserva en tus oídos las palabras de amor
y nunca las de odio…
Graba en tus pupilas el nacer de las auroras
y nunca tus ponientes lastimosos…
Conserva en tu rostro las líneas de las sonrisas
y nunca los surcos de tu llanto…
Cuenta a los hombres el azul de tus primaveras
y nunca las tempestades del verano…
Guarda en tus mejillas sólo las caricias disfrutadas
y olvida las bofetadas recibidas…
Conserva de tus pies los pasos rectos y puros
y olvida los caminos equivocados…
Recuerda con placer tus escaladas
y olvida las desilusiones del descenso…
Recuerda los días en que fuiste agua limpia
y olvida las horas en que te sentiste pantano…
Cuenta y muestra las medallas de tus victorias,
y olvida las cicatrices de las derrotas…
Mira de frente el Sol que existe en tu vida,
ignora la sombra que queda atrás…
La flor que se abre es más importante
que mil pétalos caídos,
y sólo un mirar de amor puede llevar consigo calor
para entibiar muchos inviernos…
Sé optimista y no te olvides que
en la profundidad de las noches sin luna
es donde brillan mucho más las estrellas.
¡Que tu vida sea un jardín florido!
Respuestas de Teresa de Calcuta

¿Cuál es el día más bello? Hoy
¿Cuál es la cosa más fácil? Equivocarse
¿Cuál es el obstáculo más grande? El miedo
¿Cuál es el mayor error? Abandonarse
¿Cuál es la raíz de todos los males? El egoísmo
¿Cuál es la distracción más bella? El trabajo
¿Cuál es la peor derrota? El desaliento
¿Quiénes son los mejores profesores? Los niños
¿Cuál es la primera necesidad? Comunicarse
¿Qué es lo que hace más feliz? Ser útil a los demás
¿Cuál es el misterio más grande? La muerte
¿Cuál es el peor defecto? El mal humor
¿Cuál es la persona más peligrosa? La mentirosa
¿Cuál el sentimiento más ruin? El rencor
¿Cuál es el regalo más bello? El perdón
¿Qué es lo más imprescindible? El hogar
¿Cuál es la ruta más rápida? El camino recto
¿Cuál es la sensación más grande? La paz interior
¿Cuál es el resguardo más eficaz? El optimismo
¿Cuál es la mayor satisfacción? El deber cumplido
¿Cuál es la fuerza más potente del mundo? La fe
¿Cuáles son las personas más necesarias? Los padres
¿Cuál es la cosa más bella de todas? El amor

Voy a pasar por la vida una sola vez.
Por eso, cualquier cosa buena que yo pueda hacer,
o alguna amabilidad que pueda hacerle
a un ser humano, debo hacerla ahora,
porque no pasaré de nuevo por aquí.
Teresa de Calcuta


Lágrimas de mujer

Un niño preguntó a su madre: “¿Por qué lloras?”
“Porque soy mujer”, respondió ella.
“No comprendo”, dijo él.
Su madre lo cogió dulcemente diciendo: “Nunca llegarás a entenderlo”.
Más tarde, el muchacho preguntó a su padre: “¿Por qué llora mamá?”
“Todas las mujeres lloran sin razón”, fue todo lo que el padre supo decirle.
Ya adulto, el que un día fue niño, preguntó a Dios: “Señor, ¿por qué las mujeres lloran tan fácilmente?”
Y Dios le respondió: “Cuando hice a la mujer, quise que fuera muy especial. La hice con una espalda suficientemente fuerte como para soportar el peso del mundo, pero a la vez tierna y confortable. Le concedí el poder de dar la vida y el de aceptar el rechazo de los hijos. Le di la capacidad de continuar luchando cuando todos la abandonan, y cuidar a su familia a pesar del cansancio y la enfermedad. Le di sensibilidad para amar a sus hijos con amor incondicional, aun cuando éstos la hayan herido duramente. Le di la fuerza para soportar al marido, a pesar de sus defectos, y permanecer a su lado sin desfallecer. Y, finalmente, le di lágrimas para llorar cuando ella sintiera necesidad. Como ves, hijo mío, la belleza de una mujer no está en su ropa, ni en su cara, ni en la forma de arreglar su pelo. La belleza de la mujer reside en sus ojos, que son la puerta de entrada a su corazón, la puerta en que reside el amor. Por eso, a través de esas lágrimas podemos ver su corazón”.


La fábula del lápiz
-Aprender a escribir con el corazón-

El niño miraba a la abuela que escribía una carta. En un momento dado, le preguntó: “Abuela, ¿estás escribiendo una historia que nos sucedió a nosotros? ¿Es, por casualidad, una historia sobre mí?”
La abuela dejó de escribir, sonrió y comentó al nieto: “Estoy escribiendo sobre ti, es verdad. Ahora bien, más importante que las palabras es el lápiz que estoy usando. Me gustaría que, cuando crezcas, seas como él.”
El niño, intrigado, miró el lápiz, y no vio nada especial. “Pero, ¡si es igual que todos los lápices que he visto en mi vida!” Y la abuela dijo: “Todo depende de cómo mires las cosas. Hay cinco cualidades en él que, si las consigues, te harán siempre una persona que vive en paz.”
Primera cualidad: Hacer la voluntad de Dios
Puedes hacer grandes cosas, pero nunca olvides que existe una Mano que guía tus pasos. A esa Mano la llamamos Dios, y has de permitirle conducirte siempre en la dirección de su voluntad.
Segunda cualidad: Saber soportar dolores
De vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas. Con eso el lápiz sufre un poco, pero está más afilado. Por tanto, has de saber soportar algunos dolores, porque te harán ser una persona mejor.
Tercera cualidad: Corregir errores
El lápiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores. Debes entender que, corregir una cosa que no hemos hecho bien, no es necesariamente algo malo, sino más bien algo importante para mantenernos en el camino del bien.
Cuarta cualidad: Cuidar la interioridad
Lo que realmente importa en el lápiz no es la madera ni su forma exterior, sino el grafito que lleva dentro. Por tanto, cuida siempre lo que ocurre dentro de ti.
Quinta cualidad: Dejar buena huellas
El lápiz siempre deja su huella. Has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas; procura ser consciente de todas tus acciones y deja buenas huellas.

Alguien dijo que una Madre…

Alguien dijo que un niño se lleva en el vientre nueve meses.
Ese alguien no sabe que un hijo se lleva en el corazón toda la vida.
Alguien dijo que lleva seis semanas volver a la normalidad después de dar a luz.
Ese alguien no sabe que, después de dar a luz, no existe la normalidad.
Alguien dijo que se aprende a ser madre por instinto.
Ese alguien nunca fue de compras con un niño de tres años.
Alguien dijo que de “buenos padres” salen “buenos hijos”.
Ese alguien piensa que un hijo viene con instrucciones y garantía.
Alguien dijo que las “buenas madres” nunca gritan.
Ese alguien nunca vio a su hijo romper con una pelota la ventana del vecino.
Alguien dijo que, para ser madre, no se necesita una buena formación científica.
Ese alguien nunca ayudó en una tarea de matemáticas de cuarto grado.
Alguien dijo que no se puede amar al cuarto hijo como al primero.
Ese alguien no tuvo cuatro hijos.
Alguien dijo que se pueden encontrar en los libros las respuestas a todas las preguntas sobre cómo criar hijos.
Ese alguien no tuvo un hijo que se metió una alubia en la nariz.
Alguien dijo que lo más difícil de ser madre es el parto.
Ese alguien nunca dejó a su hijo en la escuela el primer día de kinder.
Alguien dijo que una madre puede hacer su labor con los ojos cerrados y una mano atada en la espalda.
Ese alguien nunca organizó la fiesta de cumpleaños de su hija.
Alguien dijo que una madre puede dejar de preocuparse cuando los hijos se casan.
Ese alguien no sabe que el matrimonio agrega yernos y nueras al corazón de una madre.
Alguien dijo que el trabajo de una madre termina cuando el último hijo se va del hogar.
Ese alguien no tiene nietos.
Alguien dijo que una madre sabe que su hijo la ama, así que no hay necesidad de decírselo.
Ese alguien no es madre.
Alguien dijo que una madre no necesita de la comprensión y del “Te quiero” del hijo.
Ese alguien no es un hijo.


Homenaje a las Madres

Papá y mamá estaban mirando la televisión, cuando mamá dijo: “Estoy cansada, es tarde. Me voy a la cama”.
Fue a la cocina a preparar los bocadillos para el día siguiente. Puso a remojo los recipientes de las palomitas, sacó la carne del congelador para la cena del día siguiente. Controló si quedaban bastantes cereales, llenó el azucarero, puso las cucharitas y los platos del desayuno en la mesa y dejó preparada la cafetera. Puso la ropa húmeda en la secadora, planchó una camisa y cosió un botón; recogió los juguetes, puso a cargar el teléfono y guardó la guía telefónica. Regó las plantas, ató la bolsa de la basura y tendió una toalla. Bostezó, se desperezó y se fue al dormitorio. Se paró un momento para escribir una nota a la maestra, contó el dinero para la excursión y cogió un libro que estaba debajo de la silla. Firmó una felicitación para un amigo y escribió la dirección en el sobre; escribió una nota para el charcutero y colocó todo junto a su bolso. A continuación se lavó la cara con las toallitas, se puso crema antiarrugas, se lavó los dientes y las uñas.
Papá gritó: “Pensaba que estabas yendo a la cama”. “Estoy yendo”, dijo ella. Puso un poco de agua en el bebedero del perro y sacó el gato al balcón; cerró la puerta con llave y apagó la luz de la entrada. Dio una ojeada a los niños, les apagó las luces y la televisión, rezó por ellos un momento, recogió una camiseta, tiró los calcetines a la cesta de la ropa, y habló con uno de los hijos que estaba todavía haciendo los deberes. En su habitación puso el despertador, preparó la ropa para el día siguiente y ordenó un poco el armario. Añadió tres cosas a la lista de las cosas urgentes. Y visualizó alcanzar sus objetivos. En ese momento, papá apagó la televisión y anunció: “Me voy a la cama”. Y lo hizo sin más.
¿Nada extraordinario? ¿Os preguntáis por qué las madres viven más tiempo? Porque tienen muchas cosas que hacer. Por eso no dudes en valorar y apreciar a las Mujeres de tu vida, empezando por tu Madre, esté en la tierra o en el cielo. Seguro que ellas lo agradecerán. Invita a algunos hombres a descubrir lo apreciables que son las Mujeres.


Los Maestros no se atreven a decir…

A menudo se comentan las deficiencias del sistema educativo; pero los docentes también tienen verdades que muchas veces callan. He aquí algunas:
“A su hijo le faltan límites en casa”.
“En su casa no hay suficiente diálogo. Quince minutos al día marcarían la diferencia”.
“No deje a su hijo tantas horas ante el televisor”.
“Disfruto mucho de sus trabajos; pero es su hijo quien debe realizar la tarea”.
“No se queje de que su hijo está sobrecargado. Si no estudia ahora, ¿cuándo lo hará?”
“Cuando siendo yo chico hacía algo mal, mis padres me regañaban a mí, no criticaban al maestro”.
“Si usted enseñara buenos modales en su casa, mi trabajo sería más sencillo”.
“Por favor, que su hijo se bañe antes de venir al colegio”.
“¿Por qué tengo que hacer reuniones de padres en mi tiempo libre, si usted no se molesta en venir?”
“No sobrecargue a su hijo de actividades extraescolares. Eso va contra su rendimiento”.
“Las capacidades de su hijo son inferiores a lo que usted cree”.
“¿Usted quiere a su hijo? Déle más cariño en familia. Aunque su hijo parezca mayor, todavía lo necesita”.
“Los padres son los primeros educadores y no pueden delegar esa responsabilidad en terceros”.
“¡Ocúpese de sus hijos!”


Mujer que se autoestima

Las mujeres, a medida que envejecemos, ganamos peso. Esto ocurre porque acumulamos mucha información en nuestra cabeza. Pero llega un momento en que tanta información no cabe en nuestra cabecita. Así que esta información acumulada empieza a distribuirse por todo el cuerpo. Ahora entiendo todo:
- No me sobran kilos.
- No estoy gorda.
- Sencillamente es que soy culta, muy culta.
Mensaje para todas las mujeres estupendas que andan por ahí:
- Sí, señor, somos perfectas.
Porque
- No nos quedamos calvas.
- Tenemos un día internacional y otro nacional.
- Podemos usar tanto el color rosado como el azul.
- Siempre sabemos que nuestro hijo es nuestro.
- Tenemos prioridad en los naufragios.
- No pagamos la cuenta.
- Somos los primeros rehenes en ser liberados.
- Si somos traicionadas, somos víctimas.
- Si traicionamos, ellos son los cornudos.
- Podemos dormir con una amiga sin ser calificadas, por ello, de homosexuales.
- Podemos prestar atención a varias cosas a la vez.
- Mujer de embajador es embajadora; marido de embajadora ¿qué es?
- Mujer de presidente es la primera dama; marido de la presidenta ¿qué es?
- Si decidimos hacer trabajos de hombres, somos pioneras. Si un hombre decide haber trabajos femeninos, es maricón.
- Y por último, hacemos todo lo que el hombre hace, y con tacones altos.


Padres que envejecen

Querido hijo: El día que me veas mayor y ya no sea yo, ten paciencia e intenta entenderme.
Cuando, comiendo, me ensucie, cuando no pueda vestirme, ten paciencia. Recuerda las horas que pasé enseñándotelo.
Si, cuando hablo contigo, repito las cosas mil y una veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, a la hora de dormir, te tuve que contar mil y una veces el mismo cuento hasta que te entraba el sueño.
No me avergüences ni me riñas cuando no quiera ducharme. Recuerda cuando tenía que perseguirte, y las mil excusas que inventaba para que quisieras bañarte.
Cuando veas mi ignorancia sobre nuevas tecnologías, te pido que me des el tiempo necesario, y no me mires con tu sonrisa burlona. Te enseñé tantas cosas: comer bien, vestirte, afrontar la vida. Muchas cosas son producto del esfuerzo y la perseverancia de los dos.
Cuando en algún momento pierda la memoria o el hilo de nuestra conversación, dame el tiempo necesario para recordar. Y, si no puedo hacerlo, no te pongas nervioso. Seguramente lo más importante no era mi conversación; y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas.
Si alguna vez no quiero comer, no me obligues. Sé bien cuándo necesito y cuándo no.
Cuando mis piernas cansadas no me dejen caminar, dame tu mano amiga de la misma manera que lo hice yo cuando tú dabas tus primeros pasos.
Y, cuando algún día te diga que ya no quiero vivir, que quiero morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor, ni con el mío. Intenta entender que a mi edad ya no se vive, sino que se sobrevive.
Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti e intenté preparar el camino que tú debías recorrer. No debes sentirte triste, enfadado o impotente por verme de esta manera. Debes estar a mi lado e intentar comprenderme y ayudarme, como lo hice cuando tú empezaste a vivir. Ahora te toca a ti acompañarme en mi duro caminar. Ayúdame a recorrer el final de mi camino con amor y paciencia. Yo te pagaré con una sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido.
Te quiero, hijo.
Tu padre, tu madre, tus abuelos.


Perseverancia de los Pájaros

¿Has observado la conducta de los pájaros ante la adversidad? Están un día tras otro haciendo su nido, recogiendo materiales, traídos a veces de largas distancias. Y, cuando ya está terminado y están prontos para poner los huevos, las inclemencias del tiempo o la obra del ser humano o de algún animal lo destruye y tira por el suelo lo que con tanto esfuerzo se logró.
¿Qué hace el pájaro entonces? ¿Se lamenta, se paraliza, abandona la tarea? De ninguna manera: vuelve a empezar una y otra vez, hasta que en el nido aparecen los primeros huevos. A veces, muchas veces, antes de que nazcan los pajaritos, algún animal, un niño, una tormenta, vuelve a destruir el nido; pero esta vez con su precioso contenido. Duele comenzar desde cero; pero, aun así, el pájaro no retrocede, sigue cantando y construyendo, construyendo y cantando.
¿Has sentido que tu vida, tu trabajo, tu familia, tus amigos no son los que soñaste? ¿Has querido decir “basta”, “no vale la pena el esfuerzo”, “esto es demasiado para mí”? ¿Estás cansado de recomenzar, del desgaste de la lucha diaria, de la confianza traicionada, de las metas no alcanzadas cuando estabas a punto de lograrlo?
Por más que te golpee la vida, no te entregues nunca, eleva una oración, espera y vence. No te preocupes si en la batalla sufres alguna herida; es de esperar que así suceda. Junta los pedazos de tu esperanza, ármala de nuevo y vuelve a acometer. No importa lo que pase, no desmayes, sigue adelante. La vida es un desafío constante. Vale la pena aceptarlo. Y, sobre todo, nunca dejes de esperar.



Paracaídas (Corta historia)

Carlos era piloto de un bombardero en la guerra de Las Malvinas. Después de muchas misiones de combate, su avión fue derribado por un misil. Carlos se lanzó en paracaídas, fue capturado e ingresó en una prisión inglesa. A su regreso a Argentina, daba conferencias relatando su odisea y lo que aprendió en prisión. Un día estaba en un restaurante, y un hombre lo saludó: “Hola, usted es Carlos, piloto en Las Malvinas, que fue derribado, ¿verdad?” “Y usted ¿cómo sabe eso?” “Porque yo doblaba su paracaídas. Parece que le funcionó bien, ¿verdad?”
Carlos quedó sorprendido y, con mucha gratitud, respondió: “Claro que funcionó; si no hubiera funcionado, yo no estaría aquí hoy”.
Carlos no pudo dormir esa noche; se decía: “¡Cuántas veces vi en la base a ese hombre y nunca le dije ‘buenos días’! Yo era un arrogante piloto y él era un humilde marinero”. Pensó también en las horas que ese marinero pasó en las entrañas del hangar enrollando los hilos de seda de cada paracaídas, teniendo en sus manos la vida de alguien que no conocía.
Ahora Carlos comienza sus conferencias preguntando a su audiencia: “¿Quién dobló hoy tu paracaídas?” Todos tenemos alguien de cuyo trabajo depende el que nosotros podamos salir adelante. Uno necesita muchos paracaídas en el día: uno físico, otro emocional, otro mental y hasta uno espiritual. A veces perdemos de vista lo que es verdaderamente importante y las personas que, sin que se lo pidamos, nos salvan en el momento oportuno.
Hoy, esta semana, este año, cada día trata de ser consciente de quién es la persona o las personas que doblan tu paracaídas, y da las gracias. En la vida necesitamos de los demás.


Presencia de Dios

Vivir es no dejar nunca de sorprenderme.
Haz, Señor, que no pierda nunca la apertura a la sorpresa,
concédeme la gracia del asombro.
Dame ojos respetuosos de tu creación, ojos atentos, agradecidos.
Señor, enséñame a detenerme, porque el alma vive de pausas.
Enséñame a callar, pues sólo desde el silencio se puede entender
lo que ha sido concebido en silencio.
Has escrito mensajes por doquier;
haz que sepa leer tu dulce firma en la hierba del verde césped;
que sepa entrever tu vigorosa firma en el agua del mar alborotado.
Has dejado las huellas de tu mano por doquier;
haz que sepa verlas en los puntitos negros de las mariquitas
y en el fulgor de las estrellas,
porque todo es templo, todo es altar.
Señor, hazme sensible a la sorpresa:
así comprenderé la liturgia ardiente del sol, la delicada liturgia de la flor.
Y sabré que existe un Hilo conductor en todas las cosas,
y encontraré la Belleza en todos los cambios,
y la Bondad en todos los corazones,
y la Luz alumbrando todas las noches y encrucijadas.
Gracias.


El Principio 10/90 (Stefen Covey)

¿En qué consiste este Principio?
El 10% de la vida está relacionado con lo que nos pasa; el 90%, con nuestra forma de reaccionar. ¿Qué quiere decir esto?
Nosotros no tenemos control sobre el 10% de lo que nos sucede. No podemos evitar que el coche se averíe, que el avión llegue tarde, lo que sería causa de trastorno de nuestro plan. No tenemos control sobre este 10%. No depende de nosotros, nos es dado.
El otro 90% es diferente, lo determinamos nosotros. ¿Cómo? Con nuestra conducta, nuestras reacciones. No podemos controlar el semáforo en rojo; pero sí podemos controlar nuestra reacción. Un ejemplo: estás desayunando con tu familia. Tu hija tira una taza de café, que salpica tu camisa. Tú no tienes control sobre lo que acaba de pasar. Lo que suceda después será determinado por tu reacción. Supongamos que tú maldices y regañas a tu hija. Ella llora. Te vuelves a tu esposa y la criticas por colocar la taza demasiado cerca del borde de la mesa. Y sigue una batalla verbal. Tú, vociferando, vas a cambiarte la camisa. Te apresuras a coger el coche y llevas a tu hija a la escuela. Como vas con retraso, pisas a 65 km. por hora, cuando no debes pasar de 50 km. Y te ganas una multa de 100 euros.
Después del trabajo, al llegar a casa, encuentras un claro distanciamiento en tu relación con tu esposa y tu hija. ¿Por qué? Por tu manera de reaccionar por la mañana.
¿Por qué tuviste un mal día?
A) ¿El café lo causó?
B) ¿Tu hija lo causó?
C) ¿El policía que te multó lo causó?
D) ¿Tú lo causaste?
La respuesta es la “D”:
No tuviste control sobre lo que pasó con el café. Tu modo de reaccionar fue la causa del mal día.
Te presento lo que debió ser tu reacción:
El café te salpica, tu hija está a punto de llorar. Tú le dices amablemente: “Está bien, cariño, la próxima vez tendrás más cuidado”. Después de ponerte una camisa limpia, tomas tu maletín, miras por la ventana y ves a tu hija tomando el autobús escolar. Ella se vuelve y te dice adiós con la mano. ¿Ves la diferencia de tu reacción?






Proverbios chinos

Cuando un hombre está loco por una mujer, ella es la única que puede curar la locura.
Ser hombre es fácil; ser un hombre es difícil.
El que hace una pregunta parece tonto cinco minutos; el que no la hace es tonto toda su vida.
No temas ser lento; teme, en cambio, estar parado.
La puerta mejor cerrada es aquella que podemos dejar abierta.
Para ser inteligente toda la vida es necesario ser estúpido un instante.
Quien hace el burro no debe extrañarse que los demás se le monten encima.
No vayas un paso por delante; pero nunca te quedes atrás.
Por más aguda que sea la vista, jamás podremos vernos la espalda.
Más valen las críticas de uno solo, que las aprobaciones de miles.
El agua vertida es difícil de recuperar.
No es necesario elevar la voz, cuando se tiene razón.
Es más sencillo desplazar un río, que cambiarle su carácter.
Si no quieres que se sepa, lo mejor es que no lo hagas.
Un método fijo no es un método.
Un amigo es un camino, el enemigo es un muro.


El Reflejo de tus Actos

“No eres responsable de la cara que tienes; eres responsable
de la cara que pones”.
Se dice que, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, buscando refugio del sol, un perrito logró meterse por un agujero de una puerta de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al llegar arriba, se encontró una puerta entreabierta y, lentamente, entró en el cuarto. Para sorpresa suya, vio que había allí mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y levantar sus orejas. Los mil perritos hicieron otro tanto. Posteriormente sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto, pensó para sí mismo: “¡Qué lugar tan agradable! Voy a venir con frecuencia a visitarlo.”
Tiempo después, otro perrito callejero entró al mismo sitio y se encontró en el mismo cuarto. Pero, a diferencia del primero, este perrito, al ver a los mil perritos, se sintió amenazado, ya que lo miraban agresivamente. Después empezó a gruñir, y vio que los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente, y los mil perritos le ladraron a él. Cuando este perrito salió del cuarto, pensó: “¡Qué lugar tan horrible éste! Jamás volveré a él.”
En la fachada de dicha casa había un viejo letrero: “La casa de los mil espejos”
Todos los rostros del mundo son espejos. Decide qué rostro quieres tener y ése mostrarás. Tus gestos y acciones los proyectas a los demás.
Reflexiones

Una botella de vino medio vacía también está medio llena; pero una media mentira no será nunca una media verdad. Jean Cocteau
Es mejor estar preparado para una oportunidad y no tenerla nunca, que tener una oportunidad y no estar preparado. Anónimo
No es digno de saborear la miel el que se aleja de la colmena por miedo a las picaduras de las abejas. Shakespeare
No llores porque las cosas hayan terminado; sonríe porque han existido. L.E. Boudakian
Eduquemos a los niños y no será necesario castigar a los hombres. Pitágoras
La vida sólo se puede comprender mirando hacia atrás; pero sólo se puede vivir mirando hacia delante. Kierkegaard
Somos lo que hacemos; pero somos, principalmente, lo que hacemos para cambiar lo que somos. Eduardo Galeano
Al que no aprende con los padres le enseñará el mundo. A. Da Silva Costa
Nuestro cerebro es el mejor juguete que se ha creado. En él se encuentran todos los secretos, incluso el de la felicidad. Charles Chaplin
No hagas de tu vida un borrador, pues puede que no tengas tiempo de pasarlo a limpio. A. Rossato


20 Reglas de Vida

Algo reconfortante: El Instituto Francés de la Ansiedad y el Stress de París redactó veinte reglas de vida, de las que los expertos dicen que, si una persona consigue respetar o cumplir diez, tiene una buena calidad de vida.

1ª – Haga una pausa de 5 a 10 minutos por cada 2 horas de trabajo. Repita estas pausas en su vida diaria y piense en usted analizando sus actitudes.
2ª – Aprenda a decir “NO”, sin sentirse por ello culpable o creer que lastima a alguien. Querer agradar a todos es un desgaste enorme.
3ª – Planifique su día, pero deje siempre un buen espacio para cualquier imprevisto, consciente de que no todo depende de usted.
4ª – Concéntrese en una sola tarea. Por más ágiles que sean sus cuadros mentales, usted se cansa.
5ª – Olvídese de que usted es indispensable en su trabajo, su casa o su grupo habitual. Por más que eso le desagrade, todo camina sin su actuación, salvo usted.
6ª – Deje de sentirse responsable del placer de los otros. Usted no es el centro de los deseos ni el eterno maestro de ceremonias.
7ª – Pida ayuda siempre que necesite, teniendo el acierto de pedírsela a quien le puede ayudar.
8ª – Separe los problemas reales de los imaginarios, y elimine éstos, porque le hacen perder tiempo y ocupan un espacio mental precioso, que pertenece a cosas más importantes.
9ª – Intente descubrir el placer de las cosas diarias, como dormir, comer y pasear, sin creer que es lo máximo que puede conseguir en la vida.
10ª – Evite complicarse la vida con ansiedades y tensiones ajenas. Espere un poco; después vuelva al diálogo y la acción.
11ª – Su familia no es usted. Está junto a usted, compone su mundo, pero no es su propia identidad.
12ª – Comprenda que las convicciones y los principios inflexibles pueden ser un gran peso que dificulte el movimiento y la búsqueda.
13ª – Es necesario tener siempre alguien en quien pueda confiar y con quien pueda hablar sin ocultar nada. Ese alguien no sirve si está lejos.
14ª – Conozca la hora acertada de salir de una cena, levantarse del palco y dejar una reunión. Nunca pierda el sentido de la importancia de salir a la hora correcta.
15ª – No quiera saber si hablaron mal de usted, ni se atormente con esa basura mental. Escuche lo que hablaron bien de usted, con reserva analítica, sin creérselo todo.
16ª – Competir en momentos de diversión, trabajo y vida de pareja es ideal para quien quiera cansarse o perder la mejor parte.
17ª – La rigidez es buena en las piedras, pero no en los seres humanos.
18ª – Una hora de inmenso placer sustituye, con creces, a tres horas de sueño perdido. El placer recompensa más que el sueño; por eso, no deje pasar una buena oportunidad de divertirse.
19ª – No abandone a sus tres grandes e inapreciables amigas: Intuición, Inocencia y Fe.
20ª – Entienda de una vez por todas, definitivamente y en conclusión, que usted es lo que usted haga de sí mismo. Piense, reflexione, practique cómo prolongar su vida.
La única persona que estará contigo toda tu vida eres tú.

Religión verdadera

Breve diálogo entre el teólogo brasileño Leonardo Boff y el Dalai Lama. Leonardo es uno de los renovadores de la Teología de la Liberación.
En el intervalo de una mesa redonda sobre religión y paz entre los pueblos, en la que participaba el Dalai Lama y un servidor, maliciosamente, pero también con interés teológico, le pregunté en mi inglés defectuoso: “Santidad, ¿cuál es la mejor religión?” Esperaba que dijera el budismo tibetano o las religiones orientales, mucho más antiguas que el cristianismo. El Dalai Lama hizo una pequeña pausa, sonrió, me miró fijamente a los ojos, lo que me desconcertó un poco, porque yo sabía la malicia contenida en la pregunta, y afirmó: “La mejor religión es la que te aproxima más a Dios, al Infinito. Es aquella que te hace mejor”. Para salir de la perplejidad ante tan sabia respuesta, pregunté: “¿Qué es lo que me hace mejor?” Él me respondió: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético. La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión.” Callé maravillado, y hasta el día de hoy estoy rumiando su respuesta sabia e irrefutable. Amigo, no me interesa tu religión, o si tienes o no religión. Lo que realmente me importa es tu conducta delante de tu semejante, de tu familia, de tu trabajo, de tu comunidad, del mundo.”
Recordemos:
“El Universo es el eco de nuestras acciones y nuestros pensamientos”.
La Ley de Acción y reacción no es exclusiva de la Física. Es también de las Relaciones Humanas. Si yo hago el bien, recibiré el bien. Si hago el mal, recibiré el mal. Aquello que dijeron nuestros abuelos es la más pura verdad: “Tendrás siempre el doble de aquello que desees a los otros.”
Ser feliz no es cuestión de destino. Es cuestión de elección.
Cuida tus Pensamientos, porque se volverán Palabras.
Cuida tus Palabras, porque se volverán Actos.
Cuida tus Actos, porque se harán Costumbres.
Cuida tus Costumbres, porque forjarán tu Carácter.
Cuida tu Carácter, porque formará tu Destino.
Y tu Destino será tu Vida.
No hay Religión más elevada que la Verdad.


Instantes de Serenidad

“El mundo es un libro muy hermoso, que vale muy poco para quien no sabe leerlo.” Carlo Gordón
“Todo lo que hace falta para descubrir el ’ego’ es una palabra de adulación o de crítica.” Anthony de Mello
“Una vez terminada la partida, el rey y el peón vuelven a la misma caja.” Proverbio italiano
“Creo que, si miras al cielo, acabarás por tener alas.” Gustave Flaubert
“La vida es la novia de la muerte.” Proverbio indonesio
“La vida fluye como los ríos y nadie puede bañarse dos veces en la misma agua.” R. Tagore
“¿Cuál es el primer deber del hombre? La respuesta es breve: ser uno mismo.” Henrik Ibsen
“El fondo de tu corazón está más lejos que el fin del mundo.” Proverbio danés
“En todo momento hemos de vivir y trabajar como si tuviésemos la eternidad ante nosotros.” Gabriel Marcel
“La adulación es como la sombra, no os hace más grandes ni más pequeños.” Proverbio danés
“Debe ser muy dulce ver llegar la muerte mecido por las plegarias de un hijo.” Schiller
“Cuando tengas que elegir entre varios caminos, elige siempre el camino del corazón. Quien elige el amino del corazón no se equivoca nunca.” Proverbio sufí
“Debes aprender a disfrutar de tu propia compañía.” González Guillén
“Es casi imposible ver una puesta de sol y no soñar.” Bern Williams
“La vida no ha sido la fiesta que habíamos soñado; pero, ya que estamos aquí, bailemos.” F. Aramburu





Sería tan fácil

¡Sería tan fácil, si todos tuviésemos siempre en cuenta estas sencillas reglas!
Si abriste, cierra. Si encendiste, apaga.
Si conectaste, desconecta. Si desordenaste, ordena.
Si ensuciaste, limpia. Si rompiste, arregla.
Si no sabes arreglar, busca al que sepa. Si no sabes qué decir, cállate.
Si has de usar algo que no te pertenece, pide permiso.
Si te prestaron, devuelve. Si no sabes cómo funciona, no toques.
Si no es asunto tuyo, no te entrometas. Si no sabes hacerlo mejor, no critiques.
Si no puedes ayudar, no molestes. Si prometiste, cumple.
Si ofendiste, discúlpate. Si no sabes, no opines.
Si opinaste, hazte cargo. Si algo te sirve, trátalo con cariño.
Si no puedes hacer lo que quieres, trata de querer lo que haces.


Si yo cambiara…

Si yo cambiara mi manera de pensar de los otros, me sentiría más sereno.
Si yo cambiara mi manera de actuar ante los demás, los haría felices.
Si yo aceptara a todos como son, sufriría menos.
Si yo aceptara llanamente mis errores, sería más humilde.
Si yo deseara siempre el bien de los demás, yo sería feliz.
Si yo encontrara lo positivo en los otros, la vida se me haría más valiosa.
Si yo amara al mundo, lo cambiaría.
Si yo me diera cuenta de que, al hacer daño, el primer dañado soy yo…
Si yo criticara menos y amara más…
Si yo cambiara, cambiaría al mundo. Parece mentira, pero así es.


El Triple Filtro

En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por su sabiduría y por el gran respeto que profesaba a todos. Un día, alguien que se encontró con el gran filósofo le dijo:
“¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?”
“Espera un minuto, -replicó Sócrates. Antes de decirme nada, quisiera que pasaras un breve examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro.”
“¿Triple filtro?” -preguntó el otro.
“Correcto, -continuó Sócrates. Antes de que me hables sobre un amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir. Por eso la llamo el Examen del triple filtro. El primer filtro es la Verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?”
“No, -dijo el buen hombre. Sólo escuché y…”
“Bien, -dijo Sócrates- entonces realmente nos sabes si es cierto o no. Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la Bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decir de mi amigo?”
“No, por el contrario…”
“Entonces deseas decirme algo malo de él, pero no estás seguro de que sea cierto. Pero aún podría querer escucharlo, porque queda un filtro, el filtro de la Utilidad. ¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?”
“No, la verdad que no.”
“Bien, -concluyó Sócrates. Si lo que quieres decirme no es cierto ni bueno, e incluso no me es útil, ¿para qué quiero saberlo?”

Usa este triple filtro cada vez que oigas comentarios sobre alguno de tus amigos. La amistad es un gran valor. No pierdas a un amigo por algún malentendido o comentario sin fundamento.


El eco de la vida

Un hijo y su padre estaban caminando por las montañas. De repente el hijo se lastima y grita: ”¡Ay!”
Para su sorpresa oye una voz repitiendo en algún lugar de la montaña: “¡Ay!”
Con curiosidad el niño grita: “¿Quién está ahí?”
Y oye que le responden: “¿Quién está ahí?”
Molesto por la respuesta, el niño grita: “¡Cobarde!“
Y recibe la respuesta: “¡Cobarde!”
El niño mira a su padre y le pregunta: “¿Qué sucede?“
El padre sonríe y le dice: “Hijo mío, presta atención”.
Y entonces el padre grita a la montaña: “Te admiro“.
Y la voz le responde: “Te admiro”.
De nuevo el hombre grita: “Eres un campeón“.
Y la voz le responde: “Eres un campeón”.
El niño estaba asombrado, pero no entendía.
Luego el padre le explica: “La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces. Nuestra vida es simplemente un reflejo de nuestras acciones: si deseas más amor en el mundo, crea amor a tu alrededor; si deseas felicidad, da felicidad a los que te rodean; si quieres una sonrisa en el alma, da una sonrisa al alma de los que conoces. Esta relación se aplica a todos los aspectos de la vida. La vida te devolverá exactamente aquello que tú le has dado. Tu vida es un reflejo de ti”.
San Juan de la Cruz, en su obra Cántico espiritual, escribe: “Un amor enciende otro amor” (CE c. 13,12). Como conclusión de una breve carta que dirige a una religiosa, le aconseja: “Adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor” (Carta 27). El amor que recibimos es el eco del amor que hemos dado.
Entre los refranes que condensan sabiduría, encontramos el que suena así: “Amor con amor se paga”. Y en el Quijote leemos: “Si bien canta el abad, no le va en zaga el monacillo”. Siendo así, bueno será hacer caso al consejo que dice: “Si no te gusta lo que recibes, revisa muy bien lo que estás dando”. El disgusto que nos causa lo que recibimos está diciéndonos que también lo que damos disgusta a quienes lo reciben.


Vida

- Despierta, que el sueño paraliza.
- Actúa, que la inercia no produce nada.
- Esfuérzate, que la jornada es larga.
- Espera, que todo tiene su momento.
- Trabaja, que el ocio exagerado mata.
- Contrólate, que conseguirás vencer.
- Da mucho, que lo recibirás multiplicado.
- Sigue, sigue… ya llegarás.
- No dudes, lo conseguirás.
- Espera, espera… ya llegará.
- Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro.
- La sonrisa es el idioma universal.
- Mejor es hacer el bien que prometerlo.
- Los imposibles de hoy serán posibles mañana.
- Disfruta hoy; es más tarde de lo que crees.
- La única persona que no se equivoca es la que nunca hace nada.
- Las lágrimas son la sangre del alma.
- Aprende a gobernarte a ti mismo antes de gobernar a los demás.
- La conducta es el espejo en el que cada uno muestra su imagen.
- La muerte es una vida vivida.
- La vida es una muerte que viene.
- Uno es lo que es por la suma de lo que ha vivido.
- No olvides que te espero, y no esperes que te olvide.
- La alegría es la forma más sencilla de gratitud.
- El día peor perdido es aquel en que uno no se ríe.
- No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca existió
- Bailar es soñar con los pies.
. El beso más difícil no es el primero sino el último.
- Ninguna persona merece nuestras lágrimas, y quien las merezca no nos hará llorar.
- El sabio no dice todo lo que piensa, pero piensa todo lo que dice.

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Las tres cosas más difíciles de esta vida son:
guardar un secreto,
perdonar un agravio y
aprovechar el tiempo.
Benjamín Franklin

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Angel Sagarmínaga



Nunca puse en tela de juicio mi vocación sacerdotal. Esa siempre, de niño, de joven y de hombre, fue fundamental, indiscutiblemente en mi vida. Las dificultades (las tuve y de verdad) sólo contaban en mi vocación para superarlas a toda costa. Si mi director espiritual me hubiese dicho: «Hijo, debes abandonar la carrera por tal defecto, por tal inclinación irresistible», mi contestación hubiera sido: «Padre, eso no; vamos a desarraigar el defecto, vamos a tomar la dirección contraria a esa inclinación». Lo digo porque lo sentí y lo dije, cuando algunos compañeros míos se fueron a sus casas respectivas.
La vocación para mí era intangible desde segundo de latín. Era una afirmación clarísima, inconmovible, que la había de defender yo con mi vida, viviéndola. Esto, claro, sin razonamiento alguno.

Si me preguntaran qué dificultades se opusieron a mi sacerdocio (antes y después de ser sacerdote; que después también se «pierde» la vocación), contestaría fácil y cumpli­damente. Comprendo que las confesiones públicas no siem­pre sirven para el bien. Pero a la pregunta «¿por qué me hice sacerdote?», sólo puedo responder con estas cuatro pa­labras: «Dios lo ha querido».
Sé que no es eso lo que esperan de mí. Por eso he de señalar ciertos panoramas de mi vida.


Cosas de niño

Hacia 1901, un hermano de una congregación no sacer­dotal me ofreció un lugar en su postulantado. Ni el ideal que me iluminó para llamar mi atención, ni la «secularidad» de su Instituto, sincronizaron con mi espíritu. Seca y rotunda fue sin duda mi negativa, porque no repitió la propuesta.

Un día, nuestro párroco hasta perdió la serenidad. Tan amigo de los niños, ¡hay que ver cómo nos riñó! A la cárcel íbamos todos si no nos corregíamos. Nosotros veíamos vi­siones. ¡Cosa más inocente! Enterrar un ratón con entierro de primera y funerales de lujo. Total eso. ¡Nada más! Jesús, ¡y cómo se puso!
En la cuadra del sacristán teníamos una verdadera igle­sia bastante... decente. Hasta con sus confesonarios y su pila bautismal y su pulpito, muy poco seguro, como la doctrina que en él se enseñaba. Los ornamentos sacerdotales dejaban bastante que desear. Pero las imaginaciones infantiles de nuestros feligreses los completaban y los recamaban de sedas y de oro.
Jugué, pues, a altarcitos y a misas como tantos otros, pero más de verdad que muchos de ellos.

Un día del año 1903 me llevó mi madre con gran com­placencia mía (¡qué de cálculos y preocupaciones las de ella en el tablero de su pobreza!) al colegio «pre-sacerdotal» que los padres jesuitas dirigían en Durango. Examinado y aceptado por el padre Recalde, allí me quedé. Tan en mi centro estaba que, olvidado de mis enfermedades y convalecencias largas (me tuvieron bastante acoquinado durante buena parte de mi niñez), se libró por completo mi carácter para actuar en trastadas ingenuas, pero a veces peligrosas. No olvidemos que el colegio de los jesuitas no tenía internado. Mi afición al arte, especialmente a la música, tuvo ocasiones de desa­rrollarse con espontaneidad que satisfacía mi espíritu. En él entraba un oxígeno renovado por todos los poros.

A pesar de mis travesuras, me nombraron presidente de la congregación mariana, de bastante vitalidad en el colegio. Este cargo sólo se ofrecía a los alumnos mejores, a los de intachable conducta. Sentí vergüenza y temor de perder mi libertad. Protesté con toda mi sinceridad, razonando mi pro­testa ante el director de la congregación. Hasta le dije que no tenía valor para llevar ante todo Durango, en las mani­festaciones religiosas solemnes, la cinta blanca y ancha bordada en oro, propia del presidente. El director, impasible (lo era el padre Zabala, arratiano como yo), cerró mis pro­testas con esta frase: «Te nombré presidente para que te portes mejor».
Me llegó al alma la observación. Y hoy, en el pano­rama de mi vocación, contemplo este detalle como uno de los más influyentes en la defensa, en el desarrollo, en la rea­lización de ella.


Tres santos

San José. Hice mi primera comunión con todos los niños de la catequesis escolar, sin las imbecilidades «teatrales» ridículas actuales en mi atuendo; pero con un ancho lazo blanco solemne en la manga izquierda de mi americana azul, factura hombre; que, por cierto, protegía en parte una pe­chera almidonada impecable, coronada por un cuello duro de «pajarita»... ¡Lo que me ha hecho sufrir el almidón en mi vida!
El lazo estaba bordado. En oro, con lentejuelas brillan­tes; y... en cariño familiar reventando ideales, esperanzas, oración, anhelos, recuerdos, temores...
Pues bien: se celebró el acto de mi (no, sino de nuestra) primera comunión. Se guardó el lazo, mimosamente, en su caja almohadilla de papeles de seda.
Un día, sencillamente, solemnemente, a media tarde, lo até yo mismo, ayudado por mi madre y mi hermana (toda la familia) en rito verdadero de intimidad familiar, a la vara simbólica del patriarca san José. Y allí lo lució el buenazo del santo años y años...
Para mí, que san José temió bastante de mi sensibilidad y de mi imaginación. Como las madres a sus hijos traviesos, me llamó cerquita de él y se constituyó en protector de mi vocación sacerdotal. ¡Vaya hijo que se echó el pobre! Cuánto más quehacer le di yo que su otro Hijo, mi hermano, Cristo. Aunque también Éste zarandeó bastante el corazón paternal del santo Patriarca. ¡Ay, los dolores! ¡Y los gozos!
Algunos juzgarán quizá poco razonable esta razón mía para meter a san José en asuntos de mi vocación. Más si pertenecen a los que se dedican a la «razón razón», que es la razón pura. Pero, gracias a Dios, la razón nunca es lo más razonable, ni siquiera en lo puramente humano. Y por otra parte, la razón vista, leída, elaborada, puede apreciarse de modo distinto y hasta contrario que la razón vivida. Y como yo la he vivido, muchos y largos años, a la pregunta ¿por qué me hice sacerdote? he de responder por verdad, por honradez y por gratitud que san José tiene un tanto, y muy grande, de culpa en ello.

San Luis Gonzaga. No sé cómo ni cuándo llegó a mi familia la devoción a san Luis Gonzaga. Había, sí, algún jesuita en mi familia, y de valer, por cierto, pero lejano en el mapa de los parentescos y de poco trato con nosotros, a juzgar por lo que yo vi. Sin embargo, tuve esa devoción muy arraigada y que surgió en mi espíritu antes aún del uso de mi razón. ¡Quién sabe si tomó ello cuerpo a impulsos de esa necesidad! Por lo menos, en mis recuerdos infantiles aparece del brazo de mis enfermedades y envuelta en una voz dulce y animosa, la de mi madre: «Anda, hijo, acuérdate de san Luis: encomiéndate a él y verás cómo te cuesta menos». A todos los frascos y cajitas de medicina colocaba mi imaginación la imagen de san Luis, con su sotana y su roquete con su cruz, con su compostura angelical...
La «cosa» tuvo una expresión cariñosa y solemne. Mi hermana, niña aún, pero rápida, decidida, alegre y con una fuerza de asimilación extraordinaria, me regaló un cuadro de san Luis Gonzaga, a todo color, hecho por ella (alguien le llevaría la mano) en cañamazo, según costumbre de enton­ces en el magisterio español. ¡Cuántas veces lo miré! Y ¡con qué confianza! La dedicatoria que llevaba me llegó al alma.
Más tarde, me regalaron la vida de san Luis Gonzaga escrita por el padre Cepari, lujosa edición y encuadernación rica. Tan acendrada y fervorosa consideraban todos mi de­voción a san Luis, que les parecía el mejor regalo, algo que me recordara su memoria. Más aún: no pocos se creyeron que este pobre hombre entraría en la Compañía de Jesús.
Pues bien: he ahí otro, san Luis Gonzaga, que ha de ser llamado a prestar declaración en este proceso en que me han envuelto por el «delito» de ser sacerdote.

San José de Cupertino. Nunca fui mal estudiante (las dos abuelas se murieron), gracias a Dios; pero quería mucho (y mucho le debía) a san José de Cupertino, patrono de los examinandos. ¡La de exámenes que me ha amañado! Creo que casi siempre fue él y no otro el que sacó las bolas y el que inspiró a los examinadores lo que me habían de pre­guntar. Sólo una vez tuve mala suerte en los exámenes. «Acordaos que también vos tuvisteis que presentaros ante este tribunal que tanto nos aterroriza», le rezábamos en la novena. Sus relaciones conmigo eran casi leyenda.
Pero si traigo su recuerdo a este «proceso» de la razón de mi vocación, no es por los exámenes, que también tiene sus más y sus menos en ello, sino por algo más profundo.
Con esta ocasión o necesidad estudiantil, conocí su vida, humilde en todo. Hasta en las dotes de su inteligencia que tan reñidas estaban con cualquier quehacer intelectual. Y co­nocí la treta que jugó la Virgen Santísima a los examinadores. Todo maravilloso, todo en ansias de sacerdotes en el corazón maternal de María. Pero, aquí viene lo bueno, señores. Ese hombre, sacerdote ya, fue el consejero de muchos obispos. Más todavía, ese hombre recibía la visita de los obispos que fueron nombrados para diócesis de la Alta Italia, que tantí­simos problemas insolubles ofrecían a sus Pastores. Allí sonó muchas veces la palabra «imposible» y lo imposible se disol­vió en los consejos que la sabiduría por todos reconocida de ese hombre daba a los obispos. Entonces me dije yo: «¿Qué es el sacerdocio?» Y devanándome los sesos sentí que se esponjaba mi corazón y mi espíritu para chupar con ansia, confianza y más confianza en el sacerdocio. Cuantísimo debo yo a este santazo. ¡Pido que se le llame a declarar aquí!


Los cuatro dones

Cuatro dones agradezco especialmente a Dios respecto a mi vocación: mi madre, mis enfermedades, la pobreza de nuestro hogar y mi párroco.
Mi madre fue eso: madre. Nunca «mamina». Si algún día la hubiera llamado yo «mamuchy», así, con y griega y todo, el bofetón que me diera me hubiese dado a entender que no era verdad, que me había equivocado.
Tampoco fue «novia» mía. Jamás. Nadie se extrañe de mi ocurrencia, porque yo veo muchas madres, ¡muchas!, que han bajado a la categoría de novias de sus hijos y... ¡de sus hijas!, más aún que de sus hijos. «¡Que mi hija no sufra, que no se enfade, por Dios!» Eso se oye «hasta» en los locu­torios o recibidores de los colegios. ¡Maternidad dulce, pero de caramelo! No es fácil que un «noviazgo» fomente una vocación sacerdotal. Al sacerdocio le va bien la sangre del espíritu, del yo, mejor aún que la del cuerpo, y... actuando.
Al padre Recalde, en Durango, y al padre que nos reci­bió en Comillas, dijo mi madre con entereza que después tantas veces he admirado y comentado: «En manos de uste­des lo dejo. Hagan de él lo que crean conveniente para edu­carle. Si es preciso, siéntenle la mano, castíguenle; también para eso les doy mi voluntad».
Era austera mi madre. Por carácter, por educación, por circunstancias, ¡por necesidad! La austeridad no es mal abono para que la vocación sacerdotal prenda en la tierra humana, se desarrolle y adquiera consistencia y firmeza apro­piadas para estos tiempos. Era austera, pero con cariño intenso y profundo que nos llegaba a lo íntimo, no sólo de nuestro corazón, sino también de nuestra alma. Como que ella estaba amasada en sacrificios constantes.
Fue madre integralmente, toda ella y en todos sus actos. Nada, ni sus hijos, se reservaba para sí. Alguien la llamó tonta. Como si el talento mayor de mi madre no estuviera en saber ser madre, en vivir su maternidad. Me da pena encontrarme con madres que se reservan sus hijos lo más que pueden para sí; madres que «necesitan» la gratitud, hecha sacrificio, de sus hijos. No caen en la cuenta de que «en eso» no son madres sino egoístas. Y el egoísmo, cuando entra en la maternidad y de ella se vale, la mata, la esteriliza. El castigo, siempre horrible, lo lleva dentro, en las entrañas.
Aún recuerdo algunas manifestaciones de su verdadera «dirección espiritual». Siempre valiéndose de la vida pe­queña diaria, de los contratiempos y del bienestar. Le gus­taba mucho dar sentido sobrenatural a los acontecimientos. Especialmente a las penas y a la pobreza. Sobre todo cuando nos veía un tanto cansados y con ansias de gozar lo que otros gozaban y nosotros no. Muchos paseos nocturnos en primavera y en verano explicándonos el firmamento, el «caminito de Santiago» con incidencias de las antiguas peregri­naciones, confirmaban esta verdad. Su vida, los actos diversos de su vida, fueron lección constante de gratitud a Dios, de conformidad con su voluntad divina, de desprendimiento, de amor actuante al prójimo... todos los días su misa, muy temprano (a las cinco y media de la mañana). Muchas veces he pensado lo que hubo de costarle acostumbrarnos a la misma misa diaria. Pero lo consiguió, suavemente, y con gusto por nuestra parte. Aún me valgo yo de aquellas razones que mi madre diluía sabiamente en la conversación para moverme y mover a otros a madrugar. De ahí a monaguillo voluntario, de monaguillo a la preceptoría de Durango, de allí a Comillas, al sacerdocio...
Mi vocación sacerdotal fue sostenida (¡con qué delica­dezas!) por los consejos, por los ejemplos y por la materni­dad de mi madre. La defendió con tres cercos: el de la hu­mildad, el de la austeridad y el del amor maternal. A veces me arropaba en mantas tejidas de silencio, de comprensión. ¡Ay, los silencios de las madres!
¡Era difícil no ser sacerdote en el regazo de mi madre!

Mis enfermedades, que fueron muchas, graves y segui­das. Cuentan las crónicas (puedo jurar que yo, protagonista de los hechos, no me acuerdo de ellos) que el día 1 de marzo del año 1890, a las siete de la mañana, mientras nevaba copiosamente, nací yo hecho una lástima.
Nada extraño; mi padre murió tres meses antes, el 1 de diciembre del año anterior. ¡Buenas Navidades y buena sali­da y entrada de año para mi madre! Con esto y con que mi padre era excesivamente caritativo (un día, estando fuera mi madre, dio la limosna de todas las sábanas de la cómoda a una familia que por incendio se quedó sin casa y sin ense­res), creo que basta al lector para caer en la cuenta de que la sangre y los nervios y la alimentación de mi madre no nadaban en la abundancia ni en utilidad para mirar por mí.
A pesar de todo llegué a ser una monada, según las cró­nicas. Don Faustino, el médico, me llevó en su caballo de visita de enfermos y... volví a mi casa con «¡garrotillo!» —así se llamaba entonces la difteria—. Morían todos en aquella época. Murieron todos los de mi pueblo, ¡menos yo! Pero me quedé en cama muchos meses con los pies llagados. Mi madre y la criada (hoy superiora de una casa religio­sa), me metieron los pies en agua hirviendo y con ceniza rusiente. ¡Qué disparate! Sí, así en teoría; pero empecé a suspirar, a respirar, los ojos abultados por la congestión se redujeron a su estado normal... «Mira, hijo, mira a san Luis...» Y me señalaba el cuadro del santo. He dicho que mi madre saltaba fácilmente al plano sobrenatural. Pero nunca sola. Me llevaba a mí en sus brazos, me enseñaba a saltar. ¡Qué entrenamientos tan íntimos entre los dos! ¿Para qué seguir si ya está dicho todo? Subir a lo sobrenatural cuando lo natural es tan desgraciado, es fácil, casi necesario. El sufrimiento aclara la visión del espíritu como las lágrimas limpian los ojos para ver con mayor claridad y en sus contornos las cosas y los acontecimientos que nos rodean.
La consecuencia que sacará el lector de la eficacia que tuvieron estos saltos a lo sobrenatural en la vocación sacer­dotal mía, es una espléndida realidad. Porque esto no fue unos pocos meses, sino años con la cola desagradable insistente de pies llagados, de vida sobrenatural práctica en cada una de las curas, antes y después que entraba el médico, cuando se recibían visitas que con tanta lástima me compa­decían al ver mis pies en sangre... ¿Qué rapidez de reaccio­nes la de mi madre en estos casos! Rapidez, oportunidad y acierto para colocarnos a todos, sobre todo a mí, en el plano sobrenatural. ¡Si era el único consuelo que podía ofrecerme! Y al consolarme tallaba al hombre para recibir el don del sacerdocio. ¡Benditas enfermedades que así me formaron!


La pobreza de nuestro hogar, que fue pobreza, pero no miseria.
La pobreza es necesaria a la vocación sacerdotal.
Por mucho dinero que se tenga. El dinero fabrica co­razones mezquinos, egoístas. Liberarse, redimirse de él, domi­narlo, es muy difícil, punto menos que imposible.
Después de comer, como tantos otros días, jugábamos los dos. Esta vez, cosa rara, a las damas. Mi madre hizo una jugada desgraciada. «¡Por Dios, ama, discurra!», ex­clamé yo. Rápida, como siempre, repuso ella: «Harto he discurrido para conseguir que el poco dinero cubriera tantas necesidades». ¡Era verdad! Y yo lo sabía desde niño. De mocito, muchas veces la acompañaba a sumar, dividir, a res­tar, a calcular; para sacar siempre el mismo producto: «No llega, no puede ser». «¡Tiene que ser!», afirmaba ella con humildad, pero con decisión. No me acuerdo de que se equi­vocara jamás.
Mi madre fue maestra. Dios la amasó en «magisterio». Vocación con raíces en lo hondo de su espíritu; se entregó totalmente a la escuela de mi pueblo. Pero no se contentó con cumplir su deber «oficial»; fundó la Escuela Dominical y a petición de las madres, abrió una «academia» (hay que entrecomillar la palabra) para los mozos. Todo gratis. Sólo cobró un corto tiempo y por insistentes sugerencias. «El bien que se hace —nos decía— llega hasta el seno de Dios para volver a nosotros mejorado». La experiencia le enseñó, por lo visto, que sus problemas económicos, morales y espiritua­les, se solucionaban mejor con Dios que con las cuotas, con la «humanidad» que con las «exigencias».
La labor de mi madre estaba evaluada oficialmente en 800 pesetas anuales. La vida, entonces, costaba menos, es verdad, mucho menos; pero las pesetas se perdían en los remolinos de los días, de las semanas, de los meses y de los años.
Mis enfermedades, mi sobrealimentación en la larguí­sima convalecencia, los días contados de mar, de baños, nece­sarios para mí (en la primera tanda de baños se enderezaron mis pies), los viajes, las medicinas, la carrera mía y los estu­dios de mi hermana... ¿De dónde salía para todo eso y para mucho más? ¿De las 800 pesetas? No; sino del seno de Dios que transformaba los desvelos de mi madre por la formación de las niñas, de los mozos, de las mozas y... hasta de no pocas madres; los transformaba, repito, dentro del corazón del pueblo, en reconocimiento y gratitud, prácticas que satis­facían nuestras necesidades. El pueblo, bendecido y mane­jado por Dios, pagaba a mi madre, mucho más, y más pun­tualmente que el Magisterio oficial.
Pero debo advertir que la pobreza influyó en mi voca­ción sacerdotal, no sólo excitando casi ineludiblemente la confianza en Dios, tan propia y necesaria en el sacerdote, sino también actuando en mí con su propia naturaleza; es decir, humillándome, arropándome con la austeridad para evitar probablemente catarros o pulmonías seguras. Muchas veces he agradecido a Dios nuestra pobreza. Más de mayor que de joven. Muchas veces he pedido perdón a Dios por haberme rebelado contra ella. ¡Sin ella, pobre de mí! Satanás me hubiese desencauzado agarrándome por mis cualidades, precisamente por las buenas; lo mismo que Cristo me ha cogido por mis defectos para que no me escapara del sacerdocio. ¡Es un misterio! Un misterio rezumando amor, misericordias divinas.
En el sorteo de «quintas» me tocó el número 1. Como una losa me cayó. ¡Adiós mi sacerdocio! Los de entonces no teníamos la experiencia de los de hoy, ni estábamos prepa­rados como los de ahora. Había, sin embargo, un medio muy sencillo para librarme: 1.500 pesetas. ¡Cómo me pesó nues­tra pobreza! No caí en la cuenta de la serenidad de mi madre. Me humillé, mucho, necesariamente. Pedí en puertas cerradas. Me humillé, pero mi vocación se lo merecía. ¡Mise­ricordia, de Dios!: aquel verano, unas lecciones, dos corazo­nes generosos, circunstancias divinas. ¡Ya estaba libre! Las imágenes de María Santísima en Begoña, en Aránzazu y en Iciar, me lo han oído muchas veces. A san José de la Mon­taña escribí una carta contándoselo... Y desde entonces puse especialmente en manos de san Luis Gonzaga mi castidad, mejor dicho, mis esfuerzos por mantenerme casto; y en las de san José de Cupertino mi estudio. «Señor, no seré cica­tero, nunca, en mi trabajo; nunca me negaré a él». Esta es la clave verdadera de muchos «síes» con que respondo a cir­cunstancias apostólicas que se me presentan, por muy ago­biado que me encuentre. Van muchos años desde que entre­gué a Dios mis «derechos» al descanso. Eficaz cooperación humana a la defensa de mi vocación.

Mi párroco: me refiero a don Hilario Soloeta, que tomó posesión de la parroquia casi en mi primera niñez. Su ca­racterística fue la bondad. Su bondad reventaba en gene­rosidad. En la de su cartera y en la de su corazón y su alma. Se daba totalmente. Creo que no había en el pueblo familia que no le debiera muchos favores. Hasta sus enemigos. Bueno, eso de la existencia de enemigos, no lo entendía su corazón sacerdotal. Los enemigos sentirían su enemistad en la mezquindad de sus propios corazones; pero en el de don Hilario, no; eran sencillamente hijos; malo, para él, no había ninguno. Irreflexivo, inconsciente, cegado por la pasión..., eso sí; pero malo no. Todos eran hijos. También su mejilla la hubiera dado en caso de oportunidad; su espíritu sí que lo ofreció para que lo abofetearan. Como manso cordero. En la época última de su vida le acusaron de pecado que era imposible en él: la mezquindad. Lo llevaron a la cruz, pidió por ellos a Dios, murió y resucitó. Qué sentimientos los suyos cuando entró de nuevo en su Iglesia. «¿A Yurre otra vez?», preguntó a su obispo, «¿y de cura?» Y una luz extra­ña brotó de su rostro sonriente. ¡Era sacerdote mil por cien!
Y yo traté desde niño íntimamente con él, entrando en su hogar casi familiarmente. Él me confesaba. Sabía poco de eso que ahora se llama «dirección espiritual»; pero era un confesor de talla destacada. Palabras cálidas y de calidad en sus sencillísimos sermones, siempre oportunos y esmal­tados de efectos oratorios. Ningún predicador agradó y movió al pueblo tanto como él. A veces yo me extasiaba pensan­do, al oírle y al verle, que podría ser como él. Corazón comprensivo, paternal, me ayudaba a arrancar, eso, arrancar, los cardos de mi carácter y las lianas perjudiciales de mis defec­tos y a derruir las torres babilónicas de mi soberbia. Mucha parte tuvo en mi vocación sacerdotal. Como luz, como direc­ción, como ayuda, como ejemplo y hasta como meta; pero tuvo más parte aún unido a mi madre. A la unión de ambos, a los consejos recibidos de don Hilario y puestos en práctica por mi madre, debo mucho yo sacerdote. Muchísimo.
Cuando pienso en don Hilario Soloeta, me gusta consi­derar que el ejemplo de los sacerdotes produce en los jóvenes vocación al sacerdocio. ¡Qué responsabilidad la nuestra!

Aún podría seguir. Pero esto ha tomado caracteres alar­mantes. Y al fin y al cabo todo se encierra en cuatro pala­bras. ¿Por qué me hice sacerdote? Porque Dios lo quiso.
* * *

ÁNGEL SAGARMÍNAGA (1890-1968). A don Ángel le dijo un día Pío XI: «Hable de las Misiones siempre que le dejen». Pío XI desde el cielo debe estar contento de don Ángel.
Nació en Yurre el 1 de marzo de 1890. Hubiera podido pasar a la historia como músico, pero las Misiones pudieron más, ¡muchísimo más! Murió el 15 de marzo de 1968.

Fue cuando estaba preparando la encuesta «Por qué me hice sacerdote». Para lograr su respuesta tuve que escribir nada menos que 14 cartas. Para ir recibiendo muy a cuentagotas su respuesta por entregas. Hasta lo de «esto ha tomado caracteres alarmantes». Aquella constancia me mereció «in perpetuum» el honroso título de «sobrino».
El 17 de marzo iba en tren de Vimbodí a Barcelona, contemplando el paisaje a ratos y leyendo distraída y disimuladamente el periódico de mi vecino. De repente topé con la noticia: «el viernes en accidente ferroviario falleció Mons. Ángel Sagarmínaga». Le pedí por favor al hombre un momento el periódico. Al devolvérselo poco después me vio tan triste que me preguntó: «¿Algún familiar suyo?». «Sí, mi tío».
Han pasado muchos años. Cada 15 de marzo celebro la misa por las misiones y por mi tío (don Ángel y las misiones «convertuntur», como dirían los escolásticos). Mientras viva seguiré haciéndolo. Él me decía: «Jorge, hay dos clases de sacerdotes: los que creen en la misa y los que tienen que decirla. Yo soy de los primeros. Por eso cada 23 de abril cada año la ofrezco por mi sobrino, toda entera. Porque es el mejor obsequio que puedo hacerte».
Su testimonio dice mucho de él, y de su madre. Y dice al lector: Sacerdote ¿por qué no?

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Santos del 12 al 19 de Saptiembre

Septiembre 12

DULCE NOMBRE DE MARÍA. «Sanctissimi Nominis beatae Virginis Mariae, qua die ineffabilis dilectio Dei Genitricis erga Prolem santissimam revocatur et ante fidelium oculos proponitur figura Matris Redemptoris pie invocanda». Eso dice el Martirologium romanum a propósito del primer santo del 12 de septiembre. 10 al que lo entienda. Pienso que Nuestra Señora está contenta. A quién le amarga un... 10. A todos nos gusta que se vea reconocido nuestro trabajo. Nuestra Señora sabe latín. Tuvo que aprender en el cielo primero griego (para entender bien lo que decidieron los de Éfeso, que hablaban y rezaban en griego). Y, luego, latín. Han sido tantos siglos oyendo cómo le decían sus hijos mil y millones de veces: Ora pro nobis... Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genetrix. Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus nostris, sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta. Incluso sonríe complacida por el acierto del adjetivo que le hemos añadido a su nombre para la fiesta de hoy: dulce. Dulce nombre de María. ¡Es que lo es! Inútil investigar quién lo inventó. Seguro que san José, por la manera de llamarla «María» tan dulcemente (12 septiembre)

GUIDO DE ANDERLECHT (+ 1012). «El pobre de Anderlecht». Nació en Bravante. Fue sacristán de la iglesia de Nuestra Señora de Laken. Un buen día se animó y sin coger nada, porque nada tenía, emprendió una peregrinación que le llevó a Tierra Santa. Al volver, como necesitaba poco y lo poco que necesitaba lo necesitaba poco, le acogieron en un hospital que cae al lado de Bruselas. Y allí murió rico en aquellas sublimes virtudes que a nadie dan nada que hablar (12 septiembre)

PEDRO SULPICIO CRISTÓFORO FAVERGE (1745-1792). “Nel mare di Rochefort in Francia, fratello delle Scuole Cristiane e martire, che, messo in una galera durante la rivoluzione francese in quanto religioso, prestò ogni cura ai compagni di prigionia”. De la masiva beatificación del 1 de octubre de 1995 (64 víctimas de la Revolución francesa, 45 de la Guerra civil en España y Pietro Casani, escolapio colega de San José de Calasanz), aparte los nueve parientes míos, me quedé con el apellido del Hermano Faverge. Me llamó la atención lo de “mort sur les pontons de Rochefort”, pero sobre todo porque pensé en la “fragancia para hombre diseñada en base a una combinación de flores” que hace muchos años Madre Rosario en León, Gto, me regaló en un pequeño frasco verde oscuro vertical casi como un ciprés de Silos. El perfume de la virtud (12 septiembre)

FRANCISCO MAQUEDA LÓPEZ (1914-1936). Nacido en Villacañas el 19 de octubre de 1914. Seminarista de Toledo, cara de niño, ordenado subdiácono el 5 de junio de 1936, fue detenido el 11 de septiembre y fusilado el 12 en la carretera de Andalucía a la altura de Dosbarrios. 23, casi 24 años tenía. Le esperaba en la puerta del cielo su rector, el beato Pedro Ruiz de los Paños, que se le había adelantado, el 23 de julio (12 septiembre)
Septiembre 13

JUAN CRISÓSTOMO (347-407). Gran doctor de la Iglesia oriental, con Atanasio, Basilio y Gregorio Nacianceno. Obispo de Constantinopla, su admirable predicación le valió el sobrenombre de «boca de oro» (Crisóstomo). La oposición de los envidiosos logró desterrarle. Su homilía de despedida, «Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes», que podemos leer en el Oficio de lectura, es realmente como una Visa oro para quien tenga que... «viajar» (13 septiembre)

MARCELINO (+ 413). Legado imperial en Africa, cuando los donatistas campaban a sus anchas (diciendo nada menos que la Iglesia es la sociedad de los santos solo y que los sacramentos administrados en pecado no son válidos). Cristiano ejemplar, «fama et pietate notissimus» dice de él su amigo san Agustín, presidió oficialmente el tête à tête entre los obispos católicos y los que seguían a Donato. Tras el informe de Marcelino vino un edicto imperial proscribiendo a las donatistas. Los cuales, en venganza, le acusaron de complicidad con Heracliano, usurpador del trono de Onorio. Fue ajusticiado. Al año vino la rehabilitación oficial. Un poco tarde. El mártir llevaba ya una temporada en el cielo. Desde allí pudo leer el «De Trinitate» que san Agustín escribió para responder a las preguntas de Marcelino, aunque entonces el santo mártir sabía más del Padre, del Hijo y del Espíritu que el mismísimo doctor de Hipona (13 septiembre)

AIMÉ (s. VII). Que el siglo VII queda lejos es evidente. Tanto que este día borrosamente se hace memoria de dos amados de entonces: un Aimé abad, amigo de san Romarico, y Aimé obispo de Sens, deterrado por Teodorico III. En vez de decidirme entre el abad o el obispo, prefiero recordar a otro Aimé (Duval), que jugaba con la luna (1918-1984) y su vocación, que es mucho más clara y cercana:
«Era el quinto hijo de una familia de 9 hermanos. Me precedían Lucía, María, Helena y Marcelo. Detrás de mí vinieron René, Raimundo, Susana y Andrés. En casa, nada de piedad expansiva y solemne. Sólo cada día la oración de la noche en común, pero es algo que recuerdo claramente y lo recordaré mientras viva. Mi hermana Helena recitaba las oraciones. Demasiado largas para los niños -un cuarto de hora- poco a poco iba aumentando en velocidad, embrollándose, abreviando hasta que mi padre le decía: «Vuelve a empezar». Y entonces yo iba aprendiendo que hace falta hablar con Dios despacio, seria y delicadamente. Es curioso cómo me acuerdo de la postura de mi padre. Él que por sus trabajos en el campo o por el acarreo de madera siempre estaba can­sado, que no se avergonzaba de manifestarlo al volver a casa, después de cenar se arrodillaba, los codos sobre la silla, la frente entre sus manos, sin mirar a sus hijos, sin un movimiento, sin toser, sin impacientarse. Y yo pensaba: «Mi padre que es tan valiente, que manda en casa y tan bien entiende a los dos grandes bueyes, que es insensible ante la mala suerte y no se inmuta ante el alcalde, los ricos y los malos, ahora se hace un niño pequeño ante Dios. ¡Cómo cambia para hablar con Él! Debe ser muy grande Dios para que mi padre se arrodille ante El y también muy bueno para que se ponga a hablarle sin mudarse de ropa». En cambio a mi madre nunca la vi de rodillas. Demasiado cansada, se sentaba en medio, el más pequeño en sus brazos, su vestido negro hasta los tacones, sus hermosos cabellos castaños caídos sobre su cuello, y todos nosotros a su alrededor, muy cerquita de ella. Musitaba las oraciones de punta a cabo, sin perder una sílaba, todo en voz baja. Lo más curioso es que no paraba de mirarnos, uno tras otro, una mirada para cada uno, más larga para los más pequeños. Nos miraba pero no decía nada. Nunca, aunque los pequeños enredasen o hablasen en voz baja, aunque la tormenta cayese sobre la casa, aunque el gato volcase algún puchero. Y yo pensaba: «Debe ser muy sencillo Dios cuando se le puede hablar teniendo un niño en brazos y en delantal. Y debe ser una persona muy importante para que mi madre no haga caso ni del gato ni de la tormenta».
Las manos de mi padre, los labios de mi madre me enseñaron de Dios mucho más que mi catecismo. Dios es una persona. Muy cercana. A la que se habla con gusto después del trabajo.
¿Cómo no recordar estas ideas durante las dos horas de camino que me separaban de la escuela? Mis hermanas y mis hermanos sólo tardaban un cuarto de hora para ir a las clases que daban allí cerca para los niños de las casas de campo. Pero a mí, mi padre, al verme más despierto que a los demás, me mandó a la escuela del pueblo. Por esto hacía el camino solo; y así podía soñar, cantar y hablar con Dios Nuestro Señor. En el camino encontraba un manzano (¡las manzanas eran peligrosas, pero nunca caí en la tentación!) y en frente una zanja de hierba muy alta. Al llegar la primavera disfrutaba revolcándome, escondiéndome, levantando la mirada hacia el cielo. Y allí, sin decir nada, hablaba, hablaba, hablaba con Nuestro Señor. Le sentía, le tocaba, le cogía con la mano, le amaba, le apretaba contra mi pecho con una ternura, una confianza, una paz, un gusto... ¿qué queréis que os diga? Es difícil volver a disfrutar tanto. Y, creedme, si en el cielo se está bien, no podrá faltar la amistad y un manzano como aquél...
Esto es lo esencial de mi vocación. De lo otro se encargó «le Seigneur, mon Ami». Había venido al pueblo un sacerdote -nunca supe su nombre- capellán militar en Marruecos, convaleciente de unas heridas graves. Recuerdo que era bretón y que olía a tabaco. Se creía ya suficientemente fuerte para dar un largo paseo por el camino solitario que une el pueblo con nuestra casa (al otro lado del río hay una carretera nacional reservada para los vehículos a motor). Pero una tarde, a mi regreso, a 300 metros de mi casa, debajo de unas hayas, vi a aquel sacerdote tumbado, echando sangre por la boca. Me acerqué sin miedo y ¿sabéis lo que me dijo?: «Voy a morir y estaba pidiendo a Nuestro Señor una persona que me sustituya. ¿Quieres ser tú?»
Murió el sacerdote. Y yo le he reemplazado. Entonces yo tenía doce años, hoy tengo cuarenta.
Seigneur, mon Ami, tu m'as pris par la main. J'irai avec Toi sans effroi jusqu'au bout du chemin.
¡Si supieseis lo bueno que era el camino de la escuela! Me gustaría tanto acompañaros por él...» (13 septiembre)
Septiembre 14

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ. «¡Oh Cruz fiel, árbol único en nobleza! Jamás el bosque dio mejor tributo en hoja, en flor y en fruto». «En medio de la ciudad santa de Jerusalén está el árbol de la vida, y las hojas del árbol sirven de medicina a las naciones». «Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo». «¡Oh victoria de la cruz y admirable signo! Haz que alcancemos el triunfo del cielo» (14 septiembre)

ALBERTO DE JERUSALÉN (1149-1214). «En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo» escribió Teresa de Jesús, y nosotros lo repetimos cada año en la oración de la tarde del 14 de septiembre, celebrando la Exaltación de la santa Cruz. Pero quien lo vivió de veras fue Alberto, aquel canónigo regular italiano, obispo de Bobbio, de Vercelli y desde 1205 patriarca de Jerusalén. Hombre recto (a petición de San Brocardo escribió la regla de los carmelitas), fue asesinado el 14 de septiembre de 1215 por un desarreglado (un «malvivente») al que Alberto se empeñaba en que viviera como Dios manda (14 septiembre)

NOTBURGA (1265-1313). Corre por ahí un mal chiste: ¿Cómo dices que es santo si no ha fundado (ninguna congregación religiosa)? Porque realmente hay mucho santo fundador, probablemente porque los fundados o fundadas trabajan para que el suyo sea declarado santo. Pero no es imprescindible fundar para llegar a santo. Y santo canonizado. Esto es obvio. Valga recordar a aquella sirvienta y cocinera de Eben, en el Tirol Norte, llamada Notburga. ¡Cocinaba con un arte, que ni la de “El festín de Babette”! Evidentemente no conoció los versos de G. Mistral: «Toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco. Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú, donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú, donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú. Se el que aparte la piedra del camino, el odio entre los corazones y las dificultades del problema. El servir no es faena sólo de seres inferiores. Dios, que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera llamársele así: el que sirve. Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿serviste hoy? ¿a quién? ¿al árbol, a tu amigo, a tu madre?». Pero los practicó. Y dicen que lo poco que ganaba se lo daba todo a los pobres que no tenían trabajo (14 septiembre)

Septiembre 15

NUESTRA SEÑORA, LA VIRGEN DE LOS DOLORES. «La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía; cuya alma triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía...». El franciscano Jacopone da Todi en el año 1303 escribió el «Stabat Mater». Veinte estrofas que siglo tras siglo hemos rezado los hijos, ensintiendo los dolores de la Madre. (Dvorak, Rossini, Giacchino, Pergolessi, Palestrina, Schubert, Haydn... siete de siete mil, han puesto música a una letra que en gregoriano seguimos cantando muchos). Stabat Mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat Filius. / Cuius animan gementem, contristatam et dolentem, pertransivit gladius. / O quam tristis et aflicta fuit illa benedicta Mater Unigeniti. / Quae moerebat et dolebat, pia Mater dum videbat Nati poenas incliti. / Quis est homo qui non fleret, Matrem Christi si videret in tanto suplicio... / Christe, cum sit hinc exire, da per Matrem me venire ad palmam victoriae. / Quando corpus morietur, fac ut animae donetur paradisi gloria. Amen (15 septiembre)

EMILA y JEREMÍAS (+ 852). Con eso de la memoria histórica... completa ¡la de cosas que salen a flote! Por ejemplo, que hubo hasta 5 abderramanes: Abderramán I (788), Abderramán II (852), Anderramán III (961), Abderramán IV (1018), Abderramán V (1024). Valentudos todos, y no siempre tolerantes con los mozárabes, los cristianos que vivían como tales en los territorios reconquistandos o desconquistados, según desde donde se mire. Para demostrar quién era él, el II se despidió de este mundo martirizando al diácono Emila y a Jeremías. Cuentan que la madre de Jeremías estuvo valiente, cuando decapitaron a su hijo. Casi como la Madre de Jesús al pie de la cruz (15 septiembre)

PAOLO MANNA (1872-1952). Estudiante de Filosofía en la Gregoriana y de Teología en Milán, fue ordenado sacerdote el 19 de mayo de 1894. El 15 de septiembre de 1895 partió como misionero para Birmania. Habiendo enfermado gravemente regresó en 1907. Desde entonces, hasta el 15 de septiembre de 1952 fue «el don Angel Sagarmínaga de Italia». Eran muy amigos. Al Padre Manna le encantará leer el día de su fiesta en vez de su «por qué me hice sacerdote» el de su gran amigo, mi tío don Angel (1890-1986) (15 septiembre)

Septiembre 16

CORNELIO (+ 253) y CIPRIANO (200-258). En el canon romano, después de venerar la memoria de los apóstoles y los primeros papas (Lino, Cleto, Clemente, Sixto), hermanamos a Cornelio y Cipriano. Coetáneos, sí, pero que nunca se vieron. Mártires, los dos: Cornelio, a efectos del exilio; Cipriano, decapitado. Papa de Roma, el primero; obispo de Cartago, el segundo. Cornelio lo pasó muy mal con el clero romano (formado por 46 sacerdotes, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos, 52 exorcistas y lectores), por culpa de Novaciano que frustrado por no ser elegido papa sacó a flote la excusa teológica de los cristianos-santos. Cipriano, desde Cartago, apoyó a Cornelio: «Cipriano a su hermano Cornelio: Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido con tanta alegría el honor de vuestra confesión...» (Carta 60). Teólogo Cipriano, grande entre los grandes. Aunque de no haber muerto mártir, hubiese sido un Tertuliano más, sin el “san” delante del nombre. Porque como buen teólogo pensaba, e incluso tuvo algún «mal» pensamiento, a propósito de la validez del bautismo conferido a los herejes. De las Actas proconsulares: Galerio Máximo «Decretamos que Tascio Cipriano sea decapitado». El obispo Cipriano dijo: «Gracias sean dadas a Dios» (16 septiembre)

EUFEMIA DE CALCEDONIA (+ 307). «Bien hablada». Le pusieron ese nombre apostando por su futuro. Y acertaron. ¡Qué bien hablaba la Eufemia! Cuando decía «no» a quienes la pretendían por esposa, porque les convencía que el Señor (su «Kyrios» decía ella) le había ganado el corazón antes que ellos, y no se molestaban. Y ¡cómo habló diciendo que era cristiana, en medio de las llamas de la hoguera martirial! En Oriente es muy venerada. ¡Cómo hacen falta en Occidente eufemias que hablen bien con palabras y con hechos! (16 septiembre)

LUDMILA (+ 921). ¿Cómo no recordar las palabras de Bernanos en boca de Fiodor? «Los malos sueños están en usted, en nosotros, en nuestra conciencia. La señorita Chantal es demasiado pura: va, viene, respira y vive de la luz, alejada de nosotros, fuera de nuestra presencia. Y, sin embargo, ilumina a su pesar, saca de la sombra nuestras almas negras, y los viejos y crueles pecados comienzan a agitarse, a removerse, se estiran, muestran sus uñas amarillentas... Mañana, pasado mañana, ¿quién sabe?, una noche, esta noche quizá, se despertarán por completo». / Tetín, donde Ludmila fue asesinada, sigue rodeado de un halo misterioso y romántico. A orillas del río Berounka se alzan acantilados calcáreos. El escenario del sangriento drama es un pequeño nido rocoso donde se respira la atmósfera de las edades pasadas. Primera santa checa. Casada a los 14 años con Borivoj, primer príncipe del Estado premislita, bautizado por San Metodio. Vivieron en Levý Hradec, lugar fortificado sobre el río Vltava, situado al norte de Praga. A la princesa Ludmila le correspondió un notable papel en la propagación del cristianismo y en la educación cristiana del joven príncipe Wenceslao. Los celos de Drahomira, pagana convencida, conjurada con los nobles paganos, la estrangularon, cuando tenía 61 años, tal día como hoy (16 septiembre)

VÍCTOR III (1027-1087). Daufari-Desiderio-Víctor, la misma persona con tres nombres. Daufari, emparentado con el duque normando de la ciudad, nació en Benevento. A los 20 años, pese a la oposición familiar, se hizo monje, llamándose desde entonces Desiderio. En La Cava, en Benevento, en Salerno, donde estudió medicina, en los Abruzzi. Abad de Montecassino a los 30 años. Fue entonces cuando Montecassino se hizo grande, guiado por Desiderio. Doscientos monjes, se reconstruye la basílica y el monasterio, florecen las artes, la cultura y la santidad. Gregorio VII, el enorme Hildebrando, muere el 25 de mayo de1085. En mayo de 1086 los cardenales consiguen elegir a Desiderio para sucederle, perono acepta hasta marzo de 1087. Victor III seis meses, «pontefice sbiadito» (descolorido). Con un antipapa, llamado Clemente III, haciéndole la contra. «A volte i riti in San Pietro sono celebrati da lui, papaVittore; e a volte dal suo avversario, l’antipapa Clemente». Vive en la isola Tiberina. Imposible respirar en Roma. El gran abad Desiderio, el Víctor vencido a los ojos del mundo, «pontífice meteoro», vuelve a su Montecassino para morir allí el día de san Cornelio y san Cipriano. Si hubiese escrito un «Diario del alma» temblaríamos leyéndolo (16 septiembre)

Septiembre 17

ROBERTO BELARMINO (1542-1621). Doctor de la Iglesia, sobrino del papa Marcelo II, primer jesuita profesor en la universidad de Lovaina, teólogo pontifico, consultor del Santo Oficio (al final de su vida el primer volumen de sus Controversias fue incluido en el Índice de los libros prohibidos, porque afirmaba que el poder del papa era sólo indirecto en asuntos temporales). Impresiona imaginarle rezando al final de sus días, retirado en la casa noviciado de los jesuitas: «Señor, enséñame a envejecer como cristiano. Convénceme de que no son injustos conmigo los que me quitan responsabilidades, los que ya no piden mi opinión, los que llaman a otros para que ocupen mi puesto. Quítame el orgullo de mi existencia pasada y el sentimiento de creerme indispensable. Enséñame a aceptar mi salida de la actividad laboral, con la misma sencilla naturalidad con que acepto la puesta del sol en el ocaso. Pero ayúdame, Señor, para que siga siendo útil a mis hermanos, contribuyendo con mi alegría al entusiasmo de los que ahora tienen responsabilidades. Finalmente te doy gracias, Señor, pues en esta hora tranquila de mi vida, caigo en la cuenta de lo mucho que me has amado. Y te pido me concedas mirar con esperanza hacia el futuro feliz que me tienes preparado, hacia ese atardecer de la vida, en que me examinarás en el amor. Amén» (17 septiembre)

SÁTIRO (334-377). Nació el 17 de septiembre y, siguiendo la costumbre muy hispana de poner al recién nacido el nombre más provocativo de la lista de santos del día, sugerí que «Sátiro». ¡Cómo me pusieron! Que yo era un mordaz, propenso a zaherir y motejar; que el criín no tenía patas y orejas cabrunas y cola de caballo o de chivo; y que de lascivo nada de nada. Escogieron «Lamberto», que no está mal, aunque a mí me parecía totalmente ocupado por el recuerdo de don Lamberto de Echeverría. En realidad yo me refería a San Sátiro, nacido en Tréveris, hermano mayor de san Ambrosio de Milán, ejemplar abogado que se encargó de los asuntos jurídicos del obispo de Milán, con un enorme sentido de la justicia y de la generosidad. «De excessu fratris sui Satyri». ¡Qué elogio fúnebre! ¡Qué canonización! Me consuela pensar que queda libre el nombre para un próximo hijo de algún amigo y poder celebrarlo el (17 septiembre)

HILDEGARDA (1098-1179). A los 8 años (aunque a no pocos psicólogos les sienta como un tiro) entró en las benedictinas de Diessenberg. Elegida abadesa muy joven (y nunca sufrió complejo por ello), tuvo tiempo para gobernar sabiamente y no le faltaron arrestos para trasladar la comunidad a Rupertsberg y fundar otro monasterio en Eibingen. Escribió un tratado dogmático titulado Scivias (de las dos palabras latinas sciens vias, del que Dante tomó su visión de la Trinidad), un tratado de medicina titulado Causae et curae, y nada menos que 155 monodias, muchas de ellas de gran inspiración. «Hildegarda es la primera de las grandes místicas alemanas, poetisa, profetisa y médica, trató de moralizar la política, reprendiendo a papas y príncipes, obispos y laicos con absoluta intrepidez e infalible justicia» (Attwater). Lo cual dio pie a que numerosos enemigos la calumniaran. Pero tuvo de su parte nada menos que a san Bernardo y al papa Eugenio III. Murió pasados los ochenta. Parece que una monja inglesa del siglo XVII se inspiró en sus comentarios a la Regla de san Benito para escribir aquella higiénica oración: «Señor, tú sabes mejor que yo que comienzo a ser vieja y que un día lo seré verdaderamente. Líbrame de la funesta costumbre de pensar que tengo algo que decir sobre cada tema y sobre cada situación. Líbrame del deseo de querer arreglar los asuntos de otro. Hazme prudente y no melancólica. Haz que sea compasiva y no entrometida. Dado lo que sé, me parecería una falta el no hacer uso de mis conocimientos, pero tú sabes que de lo que tengo necesidad es de algunos amigos. No me dejes repetir indefinidamente detalles fútiles. Pon un sello en mis labios cuando quisiera hablar de mis penas y disgustos personales; algunos, cuanto más pasan los años, aumentan y experimento yo también la tentación de enumerarlos. No me atrevo a pedirte la gracia de escuchar con gusto la historia de las miserias de los otros, pero ayúdame a que les preste al menos un oído paciente. Tampoco me atrevo a pedirte una mejor memoria, pero concédeme un gramo de humildad y menos presunción cuando mi memoria parezca entrar en conflicto con los recuerdos de mis hermanas. Enséñame la ciencia magnífica que consiste en reconocer que, a veces, puedo equivocarme. Hazme amable, por lo menos de un modo razonable. No quiero llegar a ser tal santa en particular. Algunos santos no constituyen una compañía agradable. Por otra parte yo sé que un viejo refunfuñador es uno de los inventos más triunfales del diablo. Dame el poder de ver las cosas buenas en lugares inesperados y de descubrir talentos en las personas en las que no se espera. Y, en fin, Señor, dame la gracia de decírselo a ellas. Amén» (17 septiembre)

Septiembre 18

OCÉANO (+ s. inc.). Suena a «grande y dilatado mar que cubre la mayor parte de la superficie terrestre». También, a nombre de un mártir oriental, quemado junto con Teodoro, Amiano y Juliano, en tiempos de Maximiliano Herculeo. Pero sobre todo a exquisito sinónimo de Dios. ¿No decía Fray Luis de León: «en Dios se descubren nuevos mares cuanto más se navega»? Comprendo que ya es tarde para cambiar de nombre. Pero si existe una segunda vida aquí abajo que me pongan «Océano», para que al llamarme a mí cada vez tengan que hacer referencia implícita a Él, así como la hacemos cuando a un religioso no sacerdote le llamamos «Hermano» (si es hermano mío señal que tenemos un Padre nuestro). Y celebraría mi santo como el mártir de oriente el (18 septiembre)

JOSÉ DE CUPERTINO (1602-1663). Franciscano italiano que no aprobaba los exámenes, pero que revivió la ingenua alegría y la total pobreza de Francisco de Asís. Sufrió sorprendentes dones preternaturales, como el de la levitación, que le ocasionaron la envidia de sus hermanos con horizonte a ras de suelo. Corre por ahí una «oración a San José de Cupertino para los exámenes» en la que se pide que al que la reza «le pregunten en los exámenes la única materia que sabe». ¡Por favor! Todo estudiante cuando va al examen ha de saber todas las materias. Ningún santo que se estime puede ayudar a la vagancia. «Constans et perpetua voluntas ius suum unicuique tribuens» así en la tierra como en el cielo. Sin rebajas (18 septiembre)

DAUDI OKELO y JILDO IRWA (+ 1918). Tenían ya 18 y 14 años el 19 de octubre de 1918. Catequistas. Aquel día al amanecer no tocaron el tambor para llamar a los catecúmenos a la oración de la mañana, igual que lo hacían diariamente al ponerse el sol para convocarles a rezar el rosario. Aquel amanecer sólo se oyeron golpes de lanza y cuchilladas en Palamuku, cerca de Paimol, aldea de Uganda del norte, en la cuenca del Alto Nilo. Llevaban once meses haciéndolo, desde su llegada, pese a que el misionero intentó disuadirles, no sólo por su juventud, juventud de años, y juventud cristiana [habían sido bautizados el 6 de junio de 1916 y confirmados el 15 de octubre], sino por el peligro que corrían en aquella violenta zona. «-¿Y si os matan?» «-¡Iremos al cielo! ¿No murió Jesús por nosotros?». El lugar del martirio, Palamuku, fue llamado desde entonces Wi-Polo ("En el cielo") para recordar el premio concedido por Dios a los dos adolescentes (18 septiembre)